Pues a fe, señores míos ...

Archive for the ‘Relatos’ Category

Coral

In Relatos on junio 29, 2011 at 7:21 pm

     Sólo hay una certeza verdadera del verbo tener en la vida de cada hombre: la muerte. Todo lo demás es irrelevante y fútil. No veo en ello nada trágico ni especial. Todos, afortunadamente, tenemos una muerte y es lo único cierto y consciente que tenemos. Lo importante es no tener que lamentar lo que ha dejado de hacerse en la vida. No me importa que mis seres queridos mueran, pero lamento profundamente cada muestra de cariño que se me ha quedado en el alma cuando esto sucede.
 
     Me he enterado estos días, y parece que con bastante tiempo de retraso, de la muerte de una antigua compañera, de una amiga, de una pasión. Si ha habido alguien en mi vida con quien mi alma haya pecado de racanería fue con Coral. Mi sempiterna estupidez y las circunstancias de nuestras vidas ni lo explican ni lo justifican pero son elementos ciertos de lo sucedido. Ahora ya no me entretendré en llantos inútiles, en lamentos póstumos o en elogios fúnebres. Ahora ya no merecen la pena.
 
     Escribió una vez Javier Mariscal: “Me acaban de llamar y me han dicho que Andy Warhol se ha muerto. En principio, me parece bien que la gente muera. Es algo que me hace pensar que este mundo funciona, y que tú mismo puedes morir en cualquier momento. Y esto es bueno”. Pero mejor aún es que suceda con la certeza de que has hecho lo imposible por hacer feliz a esa vida que acaba. Cuando no es así no sientes tanto la muerte como la desastrosa imperfección tuya. Como mi desastrosa imperfección.

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Pável Florenski (II)

In Relatos on agosto 9, 2009 at 12:22 pm

– Yo lo vi. Sí.

 

     Para cualquier otra persona era apenas perceptible su lánguido hilo de voz y aún más complicado entender lo que decía. Pero yo llevaba meses amoldando el oído a este idioma de brumas y aleteo, así que susurros indescifrables en general se habían convertido en un lenguaje completo para mí. Cuantos monosílabos puedan componerse con las letras del abecedario eran frases armoniosas en mi traducción simultánea. El viaje a España, invitado a morir por un antiguo compañero republicano y exiliado, no mejoró su dicción.

 

– Él no lo vio. Los ponían de espaldas. Arrodillados. En calzoncillos. Todos conocían el final, pero ninguno lo vivió más que una vez. Así que siempre eran novatos.

 

     Yo ya sabía que a mi padre no le gustaba hablar de aquellos años, ni de aquel bosque de Toksovo, en el norte absoluto, entre las heladas aguas del Báltico y las negras del Ladoga. Yo ya sabía que su memoria había sajado aquellas fechas, aquellos lugares y aquellos nombres.

 

– Tardábamos casi una hora en llegar desde San Petersburgo.

 

     Siempre que pronunciaba este nombre emitía un carraspeo en lo que yo traducía como una leve sonrisa avinagrada.

 

– Una ciudad que entonces no existía. Desde Leningrado.

 

     Pero por alguna razón desconocida para mí nunca olvidó a Pável Florenski. Una vez me contó que era él quien había escrito las cartas. Ésas que luego serían las famosas cartas de la prisión y de los campos. Pável no podía porque los prisioneros sólo tenían breves y dispersos momentos para escribir y, además, cualquier tipo de papel estaba sometido al control y a la censura posterior de los comisarios. Únicamente los parabienes y las descripciones generales sobre el estado de salud (siempre bueno) pasaban los filtros. Así que durante años se las estuvo dictando a mi padre. Todo lo relacionado con Pável Florenski le mantenía interesado y en tensión, si es que la palabra tensión era adecuada a un ser moribundo y a un cuerpo ya decrépito. En este verano de 1999, con la silla en la terraza del apartamento frente a la costa mediterránea de Alicante le había comenzado a leer la parte de la encíclica Fides et Ratio en la que se cita a Florenski. Estaba segura de que le gustaría y de que la soleada, pero fresca, mañana le impediría viajar hasta el frío.

 

– Si hubiese tardado un poquito más en disparar se hubiera congelado antes. Era diciembre. El ocho de diciembre. Del año 37. El Padre Pável.

 

     Tomó aire y sonó como si le fuesen a estallar los pulmones,

 

– No paraba de nevar. El gorro de Polikarpov era el único color de aquella mañana. Un plato azul brillante sobre una banda roja, también brillante. Era lo único bonito del uniforme del NKVD. Todo lo demás era blanco o gris. El camarada -otro carraspeo, éste más intenso, es decir una sonrisa más avinagrada aún- Polikarpov se acercó por detrás. Era un funcionario. Sacó la pistola, extendió la mano, disparó a la nuca. El teniente volvió al camión y firmó la hoja de defunción donde ponía la causa: “es sacerdote y no reniega de su rango”.

 

     Levantó la cabeza pero sus ojos ya no reflejaban el azul mediterráneo. Ni siquiera el frío blanco de Toksovo.

 

– No creo que a Polikarpov le importara. Seguramente no sabía a quién estaba matando. Lo cogimos entre los otros cuatro que veníamos en el camión. Lo lanzamos a la fosa común y un poco de nieve revuelta con ramas.

 

     Me pareció sentirle un leve tiritón.

 

– ¿Te acuerdas? –me dijo sin mirarme-. Leímos que había escrito que no se puede vivir sin Dios.

 

     A pesar de la agradable temperatura estaba frío. Casi muerto. Pensé que quizás se pueda vivir con Dios y sin Dios, pero me parecía imposible hacerlo con el NKVD y el teniente Polikarpov tras tus espaldas.

MM y mi padre (y primero, y último, y otra vez el Eclesiastés)

In Relatos on enero 20, 2009 at 11:17 am

     Ya lamento profundamente escribir sobre tantas malas noticias y hacerlo tan seguido. Ya lamento tener que escribir (tras la última entrada publicada) sobre la muerte de mi padre (no, no es un error). Ya lamento que la vida, la suerte, tenga guardada en alguna esquina atracos como el de esta semana pasada. Y lo lamento por mí, por supuesto, pero sobre todo por otros seres queridos que lo han sufrido, quizás, con menos defensas. Pero tanto lamento me harán ser breve. 

     De mi padre sólo puedo decir una cosa: “verba docent, exampla trahunt“. Lo suyo no era el verbo, algo extraño para un andaluz de La Palma del Condado, lo suyo era el ejemplo. Sin palabras y con ejemplos intentó hacernos buenas personas, sin añadir nada. Con uno de sus dos hijos, al menos, lo consiguió de pleno. Yo mantengo dudas razonables. Se escapó como había vivido, sin hablar, sin dar nunca ningún problema, sin protestar, sin molestar, sin querer ser jamás el centro de nada: a las cuatro de la tarde comiendo como siempre, a las seis en el hospital y a la una de la madrugada muerto. Justo siete días después de mi madre, a la sombra de quien siempre vivió. La paradoja da para pensar mucho y para plantearte variadas hipótesis. Yo estuve mucho rato pensando en la canción Mister Cellophane del musical Chicago. Si es verdad que toda tu vida pasa por delante tuya momentos antes de morir tenía, desde hace mucho tiempo, un resquemor con respecto a mi padre: que en ese momento la conclusión final fuera que mereció la pena haber vivido. Mantendré ya esa duda para siempre, pero espero que la mano de mi hermana cogiendo la suya fuese suficiente para convencerlo, porque yo, otra vez, llegué tarde. 

     Punto y aparte. Mi semana personalmente ha sido más especial todavía porque entremedias, el jueves 15, pedí por escrito la extinción de mi contrato en la empresa en la que llevaba trabajando 22 años. Me habían propuesto un traslado a Madrid para ser jefe nacional de ventas y he dicho que no. Después de cómo ha terminado la semanita de marras me reafirmo en mi decisión. No quiero volver a estar nunca en ningún sitio donde no esté a gusto (aunque no soy tan idiota como para confundir lo que yo quiero con lo que sucede en la vida real). Las tres coincidencias de esta larga semana del 10 al 19 de enero de 2009 dan pie, repito, para plantearte y replantearte muchas cosas, alguna, incluso, cercana a la depresión. Pero aquí acaban estas reflexiones. 

     Cuando toda la gente que conozco y quiero empieze a verme a partir de mañana sólo me gustaría recibir abrazos, sin más palabras, sin condolencias, sin pesares, sin caras circunspectas. Miro hacia delante, sé que la diosa Fortuna es esquiva y cambiante como la luna pero no voy a esperar a que me atraque, prefiero ir a buscarla y a preguntarle que qué pasa, que aquí estoy, que no quiero naufragar en su cara oculta, sino navegar en su luz. Voy a hacer más esfuerzo por seguir a mis padres: al ejemplo de enfrentar siempre la vida con la cabeza alta (de mi madre) y al de intentar ser siempre bueno con pocas palabras (de mi padre). No sé qué pasará pero tampoco me importa demasiado ahora. Lo dice el Eclesiastés: hay un tiempo para todo y esta larga semana ya es pasado.

MM y mi madre (y último)

In Relatos on enero 11, 2009 at 11:01 am

     Ayer, hacia las 16 horas aproximadamente, el tiempo miserable y la edad lograron callar a mi madre para siempre (MM y mi madre). Espero que tuviese razón y su alma socialista insobornable esté camino ya de la compañía de su padre y de su hermana con los que hacía tiempo deseaba encontrarse. Si es así, estará feliz. Si no es así, simplemente, le daremos sepultura en los próximos días en el pueblo que la vio nacer hace casi 90 años. Si el Dios en el que ella creía existe, ayer, por fin, le prestó unos segundos de atención entre sus infinitas ocupaciones, después de haberla maltratado en los últimos casi diez años. Con esa resignación de que sólo son capaces los creyentes, estará feliz. Si no fuese así, carpe diem, porque como dice el Eclesiastés (al que volveré en los próximos días) “hay tiempo de nacer y tiempo de morir”. 

     En momentos como éste lo que más me apetece del mundo es escribir. Me recuerdo hace algún tiempo en el entierro del padre de mi cuñado, en el cementerio de Barcelona (un lugar bellísimo por cierto). Todo el mundo en la sala del tanatorio y yo sentado en los umbrales de la puerta escribiendo. Se acercó mi hermana, leyó lo que escribía y se lo guardó. Quizás ahora puedan servirle de ánimo aquellas letras de las que nada recuerdo. No sé si le pasará a mucha gente, pero la acción de pensar para escribir me permite destilar ideas, recuerdos y sentimientos con cierta facilidad. 

     No creo que haya que resumirlo todo innecesariamente, pero me quedo, por encima del cúmulo de vivencias, con la educación y el respeto. Esas dos características suyas que ya señalé y que forman su parte más cierta de mí. Una tercera: el amor extremo por sus dos hijos supongo que la habrá heredado mi hermana. 

     En fin mamá, esto se acabó y sólo siendo un hipócrita descarnado puedo decir que lo lamento. Lo que lamentaba no sabes cuánto, desde hace mucho tiempo, era llegar a verte y no sentirme, como siempre me había pasado contigo, el ser más importante sobre la tierra. Y eso nada más que con el calor de tu cuerpo transmitido en el abrazo y con tu mirada. Yo no creo que volvamos a vernos ya nunca. Pero ahora que has dejado a las dos personas que más querías en este mundo, deseo con todas mis fuerzas estar equivocado y que estés ya con las dos que más quieres en ese otro. 

     Un beso y un abrazo eternos.

Notas al final (nota 6)

In Relatos on diciembre 4, 2008 at 10:10 am

     6. Si bien mi personal ontología rehuye la generalización, llamaré con esta expresión limitadora a un tiempo tan complejo. Entiéndase, sin embargo, que se hace sólo por facilidad y porque las ideas de Marx, y la práctica de sus segundones, devinieron esenciales para la Historia. Aunque, paradójicamente y sin minimizar su importancia sincrónica, las verdaderas repercusiones de esas ideas se hicieron notar cuando habían desaparecido.

     En esencia lo que Marx planteó fue una Filosofía de la Historia, partiendo de Hegel. En su teleología descubrió que la razón que impulsa el progreso de la Humanidad desde sus orígenes es el control de los medios de producción. A esto se le llamó materialismo histórico. El final de ese progreso, secuencial y acumulativo, llegaría cuando los medios de producción perteneciesen a la clase obrera. Quizás no hubo más que otra idea en la Historia del ser humano capaz de movilizar a más gente y ponerla en disposición de hacer cualquier cosa: la idea de la existencia de Dios. Durante un siglo más o menos el materialismo histórico, el marxismo, conquistó el poder en grandes Estados: Rusia, China, …; puso en jaque a su fuerza opositora: el capitalismo, en todos los rincones del planeta; movilizó a millones de personas en el mundo, luchando por sus ideales; cambió la visión de la sociedad y del hombre. Pero para el ámbito que estudiamos se había convertido en un magnífico fraude. 

     Y todos los hombres se sintieron huérfanos. 

     Paradójicamente, esta orfandad, tras un breve tiempo de desahucio, dio paso a lo que he llamado “fase postmarxista”. Cuando las ideas centrales de Marx, desprovistas de todo el moho y el orín que habían acumulado, se convirtieron en el fiel que hizo bascular la balanza. Una balanza que se movió, al parecer, hacia donde nadie había previsto. Y no era la primera vez que esto sucedía.