Pues a fe, señores míos ...

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Sin-de

In Internet on diciembre 24, 2010 at 11:14 am

     “Ha sido desolador”. Con esta afirmación liquidaba Fernando Savater un breve comentario publicado en El País acerca de la derrota de la “Ley Sinde” en el Congreso. No sé por qué mi admirado filósofo utiliza el participio de pasado. Es desolador. Mira que me prometí a mí mismo que hasta que acabase el año no escribiría de nada que no tuviese que ver con el arte, pero no hay manera, estos fantasmas me obligan a escribir, otra vez, sobre Sinde, sobre el canon y sobre la piratería. Y todo esto es al arte como las patatas fritas al Bulli, o como el Bulli a la gastronomía.
 
     El diario madrileño publica un buen artículo en el que cita a 18 (si no he contado mal) personajes de la cultura, cada uno de los cuales incluye un pequeño texto al respecto (magnífico formato que, por cierto yo no había visto nunca), y evalúa cada una de sus indignaciones por la caída de la “ley Sinde”.
 
     Por otro lado Alex de la Iglesia ha publicado, en ABC, un artículo sobre su opinión al respecto que, para mí, al menos, era conocida. Intentaré pergeñar algo coherente con estos materiales y mis propias ideas, también conocidas a través de las diferentes entradas que se agrupan bajo la categoría “Internet“. Pero intentaré hacerlo (sin-de)magogias.
 
     Vayan por delante, de nuevo, dos principios que considero esenciales: a) hay que discriminar. Meter “toda la cultura” en el mismo batiburrillo sólo sirve para enredarlo, no es lo mismo el cine, que la literatura, que el teatro, que la música, … y ni siquiera es lo mismo la literatura de ficción que hace Millás que la científica que hace Hobsbawm; b) considero imprescindible que todos los trabajadores que curran en una obra (léase secundarios, guionistas, editores, carpinteros, decoradores, electricistas, maquilladores, montadores, etc.) reciban un sueldo digno y puedan vivir de su trabajo.
 
     Una vez dicho lo cual, resumamos el asunto con claridad meridiana para no embrollarnos en idioteces: “como artista me gustaría que todo el mundo tuviera acceso a cualquier película, pero como persona que además vivo de esto no puedo tolerarlo”. No lo digo, y resumo a la perfección, yo, lo dice Isabel Coixet. El único problema aquí, de verdad, es que esto afecta a mi bolsillo y hay que solucionarlo. Si afectara al de las bordadoras de mantones de Manila, al de los sombrereros, o a los monjes medievales de los códices ilustrados (profesiones todas ellas desparecidas) no habría ningún problema, como, de hecho, no lo ha habido, ni en estos breves ni en otros millones de ejemplos de profesiones que la evolución tecnológica, de usos y/o de costumbres ha aniquilado a lo largo de la historia. De verdad que toca los cojones. Los toca tanto como si Cristiano Ronaldo vaticinara la muerte del fútbol y del deporte porque su sueldo debiera de bajar de 1 millón de euros al mes a 6.000. Será curioso, pero nunca me han llegado noticias de que los cineastas que ahora se rasgan las vestiduras, y los actores que escriben artículos indignados y cobran en millones de euros por película, hayan repartido parte de su “caché” con los montadores de escenarios por los que parecen tan preocupados gracias a la piratería.
 
     Pero toca los cojones, y es desolador señor Savater, aún más por otras cuatro razones. Una porque no contentos con despotricar indecentemente por sus privilegios, tienen la osadía, intelectual por supuesto, de llamarnos imbéciles, “menos cultos”, proxenetas, ladrones … y lindezas semejantes. No es que usted, o el señor Querejeta, o el señor Eduardo Noriega, o el señor Fernando Trueba (los tres me llaman explícitamente “ladrón”, a pesar de que cuando he comprado el pentdrive que utilizo para copiar estas entradas de mi ciberbitácora haya pagado el canon correspondiente) tengan capacidad para insultarme, que no la tienen, es que me resulta triste y desolador que prefieran la prohibición y la condena a la pedagogía. Y que no sean capaces de reconocer que cada vez que he comprado un libro, o he visto una película de cada uno de ustedes (muchas veces ya que les considero excelentes en su trabajo), he contribuido modestamente a facilitarles que sean más cultos y menos imbéciles que yo, razón por la que deberían cuidar sus insultos, sus prohibiciones y sus condenas.
 
     Dos porque la mayoría de los firmantes y despotricadores se dicen progresistas. Quizás no se den cuenta, pero los que quieren y abusan de lo gratis en internet puede que sean parados, más de 4 millones en este país, o universitarios que no son capaces de planificar su futuro, o jóvenes que han sufrido fracaso escolar, o mileuristas que no tienen horas para trabajar todos los días … así es el país en que el ustedes viven, así es la realidad de los piratas de internet. No digo ni que ustedes sean los responsables, ni que ustedes tengan que solucionarlo pero sí digo que, quizás, sólo quizás, deberían moderar la exaltación pública de sus privilegios.
 
     Tres porque vamos mal, muy mal, cuando la élite intelectual de un país, o del mundo, no acierta a vislumbrar los cambios y sus únicos intereses se centran en el pasado. Como son todos ustedes cultos no necesitarán citas sobre el tema, pero cuando esa élite intelectual tiene la cabeza girada hacia atrás nada bueno puede esperarnos al resto delante. “La realidad ha cambiado” señores, “hay que plantearlo todo de nuevo” (José Luis Pardo) y lo que esperamos los piratas es que utilicen sus privilegios, empezando por sus mentes, para sugerir salidas y no para defender el antiguo statu quo.
 
     Y cuatro, muy por encima de todas las demás, es desolador que la intelectualidad de una sociedad se haya convertido en el nuevo sacamantecas de esa sociedad. Esta corroboración sí que no me depara sino desolación para el futuro. Son ustedes una amenaza. No, la cultura no va a desaparecer, ustedes lo saben perfectamente, nunca ha habido más gente con acceso a ella en el mundo, de la forma que sea, nunca ha habido más creadores. Ustedes deberían estar henchidos de placer porque las obras de Shakespeare, o las películas de Buñuel, se pirateasen y las leyeran, o vieran, todos los seres humanos de este planeta, pero están preocupados porque no pirateen la suya, esto sí que es imbecilidad moral señor Savater. La simple insinuación de que este problema acabará con la cultura les descalifica eternamente.

Aute: el nuevo Nostradamus cultural

In Internet on diciembre 12, 2009 at 11:18 am

     Cuanto tiempo ha pasado de aquel “Aleluya nº 1”, compuesto por placer y quizás sólo temporalmente entre pinceladas de pigmentos. Y cuanto tiempo ha pasado desde que, “Pongamos que hablo de Madrid”, un músico enclenque de Úbeda cantaba en un garito subterráneo de la capital de España. Quizás ambos compusieran estas canciones pensando sólo en hacerse ricos y famosos, o quizás las compusieran sólo por amor, por placer, o por necesidades del alma. No lo sé. Pero que decrépito es el tiempo.

 Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

 

     Que miserable.

     De creador a tarotista por un puñado de euros.

     En cinco años esto de la cultura se ha acabado, predijo Luis Eduardo Aute hace unos días frente al Ministerio de Industria en Madrid. Aleluya. Porque ya no se gana dinero haciendo cultura y la consecuencia obvia es que si no se gana dinero (mucho, mucho dinero) no se hará nada. Deduzco que quiere decir que él no hará nada (ni ninguno de los artistas que se encontraban a las puertas del mismo Ministerio) porque, sea lo que fuere, él lo hace por dinero. Cuanto tiempo ha pasado del amor al arte de “Aleluya”. Cuanto tiempo ha pasado de la importancia de “hacer música”, a la importancia de que la música te sirva para aumentar indecentemente tu cuenta corriente. Pero, me pregunto, cómo sabe Aute que no hay otro Autecito (es posible que él lo llamase autista) ahora mismo haciendo música por enamorar a una mujer, o por culminar una noche de borrachera, o tras leer unos sonetos de Quevedo. Cómo puede ignorar que la música se inventó muchísimo antes que el euro. Cómo puede mentirnos si sabe que millones de africanos, con dietas miserables, hacen música todos los días, y millones de adolescentes, con granos en la cara, se desviven por escribir poesías cada atardecer.

     No sé si las profecías de Aute-Nostradamus me producen indignación o desasosiego. Pero hoy no quiero escribir sobre el canon, sobre las copias privadas, sobre el copyright, ni sobre euros. Hoy sólo recuerdo algunas anécdotas.

     En enero de 2005 fuimos a ver “Tres hombres y un destino”, una obra de teatro protagonizada por José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González. Antes de comenzar la función nos anunciaron que el actor Juan Jesús Valverde sustituiría a Agustín González que había contraído la gripe. Desgraciadamente un par de semanas más tarde falleció aquejado de neumonía. Este señor, Agustín, que representaba una obra de teatro cada día hasta dos semanas antes de su muerte, vivió dignamente haciendo lo que le gustaba. ¿Cómo es que a los actores de teatro no les afecta la piratería?, ¿no son ellos artistas, ni el teatro es arte?, ¿o es que Aute-Nostradamus no se refería a este arte, porque en éste hay que trabajar todos los días?.

     Hace unos días estuve en la Biblioteca del rectorado de la Universidad de Sevilla ojeando un libro de Eric Hobswaum, un excepcional historiador británico casi centenario. La bibliografía de Hobswaum es eterna y yo sólo tengo un libro suyo en casa: La Era del Imperio, pero he leído varios más. ¿Dónde?. En diferentes bibliotecas de España, gratis. Es posible que esté equivocado, pero nunca he escuchado a Hobswaum llamarme pirata por esas lecturas. Ah, además de escritor ha sido profesor universitario durante cincuenta años.

Y todo lo que escribo al día siguiente rompería

In Internet on noviembre 19, 2009 at 10:40 am

     “Una denuncia de Ramoncín precipita el cierre del canal de ‘El Jueves’ en YouTube“. Con este titular se anunció una noticia en El País del pasado 11 de noviembre. Y para mayor interés fue acompañada por un artículo de Vicente Molina Foix sobre los internautas proxenetas. No es de extrañar que los editores del diario pensasen que valía la pena acompañar la noticia de un personaje tristemente humorístico con una firma de marcado carácter cultural para contrapesar. La noticia fue ampliada un poco más tarde para recoger unas declaraciones del susodicho en las que se consideraba como una víctima de acoso, aunque, eso sí, le dolía mucho que la censura se practicase contra El Jueves porque, señalaba, “me río un huevo con ellos”. Se deduce, evidentemente, de la declaración que tales risas sólo se producen cuando El Jueves ironiza sobre “otros” y no sobre “él”.

     Pero en fin, los problemas de Ramoncín me traen al pairo, sobre todo si la empresa que ha contratado para salvaguardar su reputación en la red (manda huevos) no se mete conmigo que soy un pobre diablo (y “sé dos o tres cosas nada más”). Al fin y al cabo ¿quién coño es Ramoncín?, como dice El Jueves:  “El tío ese que iba de rebelde y luego se operó la nariz y empezó a dar la brasa con que estábamos matando la música”. Un tipo muy preocupado por La Cultura como demuestran sus múltiples apariciones en deleznables programas basura de TV.

     Lo que más me llama la atención es el artículo de Molina Foix, otro galeón imperial en lucha contra la piratería conspiradora (pueden consultarse dos entradas precedentes bajo el tema “Internet“). Y se ve que los amplios cañones de su popa, o pompa (tampoco hay tanta diferencia), disparan con enojo porque la primera lindeza que se le ocurre es llamar chulos de puta a todos los internautas. Eso sí, en términos cultos como le corresponde. Él sabrá si pertenece al colectivo de las putas, porque yo estoy seguro de no pertenecer al de los chulos (“sé con quién no debo andar”). Después, para no cansar con citas textuales, viene la ya consabida profecía del fin del mundo a manos de piratas y descuideros.

     Claro, desde ahora advierto la difícultad que entraña entenderse con alguien que cuando te ve venir, en lontananza, ya te ha identificado como pirata y ya tiene sus bancadas de cañones prestas al disparo (“que difícil es buscar la paz”). Se supondría quizás que un intelectual debería ser capaz de diferenciar entre piratas, corsarios, bucaneros y/o filibusteros, por ejemplo, y dar una oportunidad a la palabra. Pero la práctica demuestra que esto sólo vale para cuando se trata de dar una “salida de izquierdas a la crisis”, y no para cuando hablamos de sus emolumentos (entonces hasta Ana Belén se pone a hacer publicidad de un moderno crecepelo porque no llega a fin de mes. “También sé guardar fidelidad”). Vuelvo a defender, por si sirve de algo antes de que me acribillen, mientras me acerco en mi mísero esquife, que todos los creadores puedan vivir de su trabajo. Ahora bien, dejen de querer engañarnos con el sacamantecas. La cultura no está en peligro, la música no está en peligro, el arte no está en peligro, la escritura no está en peligro, el cine no está en peligro, el teatro no está en peligro. Antes al contrario, nunca tanta gente en partes tan diversas del mundo han participado tanto de estas cosas. Lo único que está en peligro son vuestras barrigas miserables, vuestros sueldos usureros y vuestra vida rapaz. Lo único que está en peligro son vuestras obras cutres, vuestro progresismo mezquino, vuestras razones sórdidas. Lo único que está en peligro es vuestra ruindad. La defensa de estos 7 adjetivos, sinónimos todos de avaricia, es vuestra única guía espiritual, sois vosotros los de la falacia pseudo-progresista (vuestra “sociedad es un buen proyecto para el mal”). 

     Señor Molina Foix (o Sr. Javier Marías, que hace unos días vino a decir que los escritores dejarán de escribir gracias a los inter-nautas, demostrando que no es difícil ser escritor y gaznápiro al mismo tiempo y en los mismos párrafos), puede que usted para crear necesite percibir 60.000, 100.000 ó 200.000 euros al año. Y puede ser que si no los gana su creatividad esté en peligro. Pero sabe lo que le digo: no se preocupe, sin su creatividad y sin su propiedad intelectual el arte de la escritura no desaparecerá mañana, y el mundo ni le cuento. Si no me cree le aconsejaré unos cuantos blogs, escritos gratis, donde hay gran literatura. Ya ve usted, quien esto le dice no es ningún pirata, ni ningún chulo. Sólo soy un pobre diablo que jamás me he bajado nada de internet.

Una de ladrones

In Internet on septiembre 4, 2008 at 10:54 pm

     Empiezo a estar hasta la coronilla de que todo el que ve en peligro sus habichuelas llame ladrones, o piratas, a los que encuentran y consiguen diferentes cosas gratis en la Internet. El último que me ha tocado un poquito las razones ha sido José María Guelbenzu en un artículo publicado, con este mismo título, el mes pasado en la edición cultural de Babelia del diario El País. 

     En este caso el escritor, “uno de los autores más valiosos de la narrativa española contemporánea” (según una página web, porque yo lamento no haber leído nada suyo), como aquejado de cierto encogimiento, no habla de los novelistas sino de los traductores. Quizás valdría la pena completar ya una lista con las profesiones a los que los ladrones y piratas de Internet ponen en riesgo de desaparecer. Vaya por delante esta aclaración: me parece de una justicia básica que cualquiera pueda vivir dignamente de su trabajo. Y vaya por delante también que el 99,9% de los trabajadores de un país cualquiera (éste mismo valdría) necesitan ir cada día a su trabajo para poder seguir viviendo de él. Ningún delegado comercial, por ejemplo, vive todo un año de una buena venta hecha el 1 de enero, ni toda su vida de un buen año de ventas. 

     Pero es que resulta, yendo al fondo del asunto, que la argumentación justificativa carece del mínimo rigor y actúa en defensa de privilegios, lícitos hasta ahora, que una gran mayoría ha comenzado a discutir. Existen magníficos escritores que publican gratis en Internet. Existe un gran número de investigadores que tienen páginas activas en Internet donde vuelcan informaciones valiosísimas y mantienen actualizadas. Existen políglotas que dedican horas de esfuerzo a enseñar gratis sus lenguas a través del podcasting. Por otra parte La Biblia está traducida, Platón está traducido, Cervantes está traducido, Montaigne está traducido, …. Además ni los evangelistas, ni Platón, ni Cervantes, ni Montaigne vivieron de sus escritos. Quiero decir que la Humanidad puede soportar un período de transición, sin que suceda nada grave, hasta que lleguemos a otro modelo. Quiero decir que si Cervantes trabajó recaudando impuestos el Sr. Guelbenzu quizás podría vivir como inspector de hacienda. 

     Ya intenté explicar en otra entrada (San Ramoncín o el canon de los momjes medievales) que cualquier evolución en la historia de la humanidad ha supuesto la desaparición, o el adecuamiento a la nueva realidad, de muchas profesiones. Le ha tocado ahora el turno a los músicos, a los novelistas y a los traductores. ¡Qué le vamos a hacer!. Desde mi insignificante modestia (que no es la suya) quiero rogarles tranquilidad y puedo asegurarles a éstos que su desaparición, o adaptación, no enviará a los humanos a ninguna “provincia lindante con el silencio”. 

     Quiero poner, con perdón, un ejemplo personal para finalizar. Llevo años trabajando en un Diccionario Histórico de Arte. Mi idea es exponerlo alguna día al público. Si esto sucediera, y no fuese gratis, el precio a pagar por su acceso sería, como mínimo, un 1.000% más barato de los que existen actualmente en el mercado (por cierto todos en lengua inglesa). Entre estar al lado de los ladrones y piratas de Internet, y estar al lado de los ladrones y piratas de las editoriales, mi alma romántica y estúpida me acerca a los primeros.

San Ramoncín o el canon de los monjes medievales

In Internet on julio 17, 2008 at 2:35 am

     La historia tiene su gracia y es más o menos así, aunque pido perdón por no recordarla con exactitud: en la Inglaterra moderna existía una figura conocida como “el niño para pegarle”. Era un acompañante de los príncipes, de manera que cuando éstos hacían alguna travesura que había que castigar, se les pegaba a esos niños acompañantes, ya que el príncipe no podía ser castigado físicamente. Un contertulio radiofónico comentó que es precisamente lo que hacen con el canon digital: como no pueden castigar al que hace la acción maligna, nos castigan a todos en su nombre. 

     Y dirán ustedes, como digo yo, ¡otra vez el canon de los can(j)on(es)!. Corrijo, la cosa tendría su gracia si no fuese trágica. No trágica desde el punto de vista social o económico, trágica desde el punto de vista moral, cultural y ético. Como entiendo poco de leyes que se hacen ininteligibles a conciencia y, además, no quiero que este paupérrimo blog llegue a la mesa de la SGAE y me denuncien íntentaré ser breve, pulcro y no insultar a Ramoncín (por cierto artista, el título es sólo una ironía que, supongo, entenderás y perdonarás. Te lo digo porque parece ser que retractarse es atenuante en un juicio). 

     Permítanme utilizar el famosísimo recurso del persa, que consiste en explicar lo que sucede a alguien que no es de aquí y no sabe nada de ello: unos señores que viven en la Edad Media y son conocidos con el nombre genérico de monjes llevan años, casi siglos, haciendo esmeradamente su trabajo y vendiéndolo a precio de oro (de mercado también es palabra apropiada). Los monjes viven como Dios (no es insulto sino exactitud) de éstas y otras faenillas, como ser, por ejemplo, los únicos intermediarios entre el pueblo y su jefe divino. Al cabo, un tal Gutenberg, de oficio jodedor, inventa un artilugio que hace casi el mismo trabajo de los monjes pero mejor, más cómodo y más barato. Esto se traduce, por ejemplo, en que más pueblerinos tienen acceso a dichos trabajos. Los aldeanos, supongamos que es una aldea global, ávidos y rapaces (les podríamos llamar piratas, aunque sea voz griega, peiratês, que significó aventurero), abandonan la labor monacal y se lanzan a consumir el nuevo producto. Por cierto que no he dicho que en todo este trasiego estamos, además, cambiando de la Edad Media a la Edad Moderna. ¿Qué creen ustedes que hacen los monjes?. Se enzarzan en una cruzada (¡coño todas las palabras coinciden!) a defender su intermediación entre su Dios-cultura y las masas sin la que, argumentan, no habrá salvación y, por supuesto, a defender su trabajo y sus ingresos, sin los que, es posible, que dejen de vivir como Dios y tengan que hacer más, u otros, trabajos. Hasta aquí nada que no se haya repetido millones de veces en la Historia. Lo sorprendente es que los “oratores” encuentran apoyo en la aristocracia (¿a alguien le sorprende?) y acuerdan, conjuntamente, cobrar una gallina a cada aldeano por el uso del nuevo invento de Gutenberg. Gallina que irá, directamente, a la menguante barriga de los monjes. Protestaron algunos malcarados arguyendo que ni siquiera conocían al tal Gutenberg, pero la respuesta fue que, seguramente, más tarde o más temprano acabarían conociéndolo. 

     Sin embargo la Historia siguió. Aquellos monjes, malqueridos por todos, consiguieron salvar sus barrigas. Pero los derechos feudales fueron abolidos y, que sepamos hasta hoy, no desapareció el arte ni se vino abajo el gran edificio de la cultura.