Pues a fe, señores míos ...

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Retour a l’ordre

In Filosofía (barata) on junio 12, 2011 at 10:23 pm

     En 1926 Jean Cocteau publicó un libro titulado Le rappel a l’ordre (Llamada al orden), a partir del cual se creó el concepto de “vuelta al orden” que consistía, esencialmente, en rechazar las formas extremas de vanguardia que habían proliferado antes de la I Guerra Mundial, adoptando enfoques más tradicionales. El cubismo, con su fragmentación de la realidad, fue rechazado incluso por sus inventores: Braque y Picasso. El futurismo, con su adoración de la máquina y su entusiasmo por la guerra, fue particularmente desacreditado. En cambio el clasicismo fue un factor importante en este retorno.
 
     “Después de la contienda, muchas situaciones vuelven a cambiar y se hace evidente la crisis de las denominadas vanguardias históricas. Los artistas buscan una nueva escala de valores que les lleve a una nueva visión de la realidad, que les mueva a una relectura de la Historia en general y de la historia del arte en particular. En este sentido, son claras las posturas de los creadores del cubismo –Picasso y Braque-, de los pintores metafísicos, de los novecentistas italianos, de los alemanes de las Nueva Objetividad y de los artistas del surrealismo. A lo largo de estos años asistimos a una recuperación de la figuración, que convive, hay que señalarlo, con la aún vigente práctica de la abstracción” (HUP 7, 157).
 
     Quede señalado que no me entusiasma demasiado la denominación del concepto mismo (más apropiado mi espíritu a un “contra el orden” que a un llamamiento a él); quede señalado que no me parece que fuera necesario ningún movimiento que rechazara las vanguardias artísticas de principios del siglo XX (con las que hay muchas cosas que me unen); y quede señalado, por último, que tampoco me parece que lo siguiente, es decir un “necesario” regreso a la figuración, fuese mejor que lo que había. Pero lo que me interesa aquí, como casi siempre, es un asunto colateral.
 
     A finales del siglo XX la revista “El Europeo” publicó un monográfico titulado “La vuelta al orden”. Una pléyade de ilustres filósofos, escritores, artistas, eruditos, plantean muchas cuestiones y muy pocas respuestas. Y, entre las faltas, se encuentra, precisamente, la definición de qué es una vuelta al orden y de a qué orden hay que volver. Es decir, la confusión es extrema, justo como en aquel momento tras la I Guerra Mundial (cada vez suceden más cosas que me recuerdan los inicios del siglo XX). Entonces, Gustav Hartlaub, el teórico que primero se ocupó de la “Nueva Objetividad” realizó, en el verano de 1925, una exposición en Mannheim y escribió el catálogo que la acompañaba. Ese breve escrito, que avanzó, en alemán, el nombre de la corriente artística (Neue Sachlichkeit), finaliza con este párrafo:
 

Que los artistas –desilusionados, sobrios, a menudo resignados a un punto de cinismo tras un momento de esperanza casi infinita y apocalíptica-, en medio de la catástrofe, han comenzado a reflexionar sobre qué es lo más inmediato, seguro y duradero: la verdad y el oficio

 
     “La verdad y el oficio”, la verdad y el saber hacer. Excelente conclusión. Tomen nota.
 
     Creo que estamos abocados a un futuro “micro”. Frente a la macroeconomía, los macroestados, las multinacionales, la mundialización … la revolución del futuro más inmediato pasará por los ámbitos personales y locales. Si hay que volver a algún orden que signifique cambiarlo todo, y no sea la eterna pantomima de El Gatopardo, en términos personales deberá volver a mandar la afectividad y los lazos parentales entendidos en un sentido amplio de comunitarios (o tribales), y en términos tribales habrá que reconstruir sociedades comunitarias pequeñas, autosuficientes, donde el poder omnímodo de los paradigmas de esta época (la comunicación y el mercado) sean más vulnerables, o menos efectivos, o donde, al menos, una lucha abierta contra ellos no signifique estar abocados a la destrucción total. En estos ámbitos “micro” la verdad y el saber hacer serán los motores.
 
     Por verdad entiendo lo que explica Ernst Cassirer al principio de su Antropología filosófica: una criatura del pensamiento dialéctico que no puede ser obtenida sino en la constante cooperación de los sujetos en una interrogación y réplica recíprocas. La verdad no es un objeto empírico… hay que entenderla como el producto de un acto social (CASSIRER, 11). Por saber hacer entiendo el conjunto de reglas, técnicas, procedimientos o comportamientos que benefician la relación y la cohesión social, con el objetivo de que el conjunto de la comunidad sea más feliz. Ambos conceptos, y todo lo que intento explicar, pueden resumirse en esta excepcional frase: “lo humano del hombre es desvivirse por el otro hombre”.
 
     Siguiendo con la metáfora artística, lo que propongo no es volver a la figuración, es ir un paso más atrás de la “revolución griega” (aunque las posiciones relativas y la línea de progreso sean indescifrables), es volver a la ausencia de perspectiva geométrica, es volver del revés la frase que tanto me gusta de T.B.L. Webster: volver a hacer hombres en lugar de imitarlos, volver a pintar, a esculpir y a construir al, por y para el hombre.
 
     Verdad y saber hacer. Han pasado pocas horas desde que se constituyó el nuevo gobierno municipal, reflejo de la voluntad de la tribu. Es, pues, un momento perfecto para avanzar por el camino, y con las claves, aquí señalado. Micro, cooperación, reciprocidad, actos sociales, cohesión, comunidad, felicidad, desvivirse por el otro, afectividad, reconstrucción comunitaria, autosuficiencia, menos comunicación y más información, menos mercado y más hombre, …

Teoría científica de la estupidez

In Filosofía (barata) on abril 17, 2011 at 9:49 am

     1ª Ley Fundamental de la Estupidez Humana. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. El Eclesiastés 1, 15 dice, en su versión latina más antigua traducida por San Jerónimo: “stultorum infinitus est numerus” (esta antigua traducción fue cambiada por el Concilio Vaticano II para la Nova Vulgata). Como es imposible que los tontos sean infinitos, siendo finita la población mundial, traduciremos con la frase hecha, atribuida a Santo Tomás, que señala que “los tontos son legión”. Esta primera Ley es fundamentalmente negativa, porque por muy elevada que sea la estimación cuantitativa de estúpidos que se haga siempre quedará corta, de donde se deduce que es imposible hacer cálculos ya que nunca dejarán de aparecer personas que, antes consideradas como racionales e inteligentes, se revelarán como inequívoca e irremediablemente estúpidas.
 
     2ª Ley Fundamental de la Estupidez Humana. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Es independiente del sexo, de la raza, de la situación económica, del país al que se pertenezca, de la educación, del ambiente social … Esta Ley es difícil de aceptar y de digerir, pero existen demasiadas pruebas experimentales que confirman su validez. Tanto si uno se dedica a frecuentar los círculos elegantes como si se refugia entre los cortadores de cabezas de la Polinesia, si se encierra en un monasterio o decide pasar el resto de su vida en compañía de mujeres hermosas y lujuriosas, persiste el hecho de que deberá siempre enfrentarse al mismo porcentaje de gente estúpida, porcentaje que (de acuerdo con la 1ª Ley) superará siempre las previsiones más pesimistas.
 
     3ª Ley Fundamental de la Estupidez Humana. Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio. Más adelante explicaremos esta Ley de un modo gráfico.
 
     4ª Ley Fundamental de la Estupidez Humana. Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error. A lo largo de los siglos, en la vida pública y privada, innumerables personas no han tenido en cuenta esta Ley, lo que ha ocasionado pérdidas incalculables a la Humanidad.
 
     5ª Ley Fundamental de la Estupidez Humana. La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado. La explicación matemática es muy simple: los malvados (si hablamos de malvados perfectos) no producen sino una transferencia de renta pero el resultado de sus acciones es cero. Por ejemplo si un ladrón roba 1 millón de euros significa que ha causado un beneficio individual igual a 1MM de € y una pérdida social de 1MM de €, cuyo obvio resultado es nulo, la sociedad sigue teniendo lo que tenía aunque repartido de otra forma. Si todos fuésemos alternativa y cíclicamente malvados perfectos, la sociedad no avanzaría, pero tampoco se hundiría. Sin embargo un estúpido es el que ocasiona dos pérdidas, la suya y la social, con lo que se ve que el resultado de sumar dos cantidades negativas es una cantidad negativa mayor, es decir una sociedad gobernada por estúpidos irá al caos inevitable. Por otro lado, un malvado puede ser previsible mientras que un estúpido no lo será nunca.
 
     Como observamos en el Cuadro 1 (pinchando en la imagen se verá a mayor tamaño) con esta teoría podemos dividir a todo el género humano en cuatro grandes grupos: los que con sus acciones consiguen beneficios para ellos mismos y para la sociedad (los llamaremos “inteligentes”); los que pueden conseguir beneficios para la sociedad pero a costa de pérdidas personales (los llamaremos “incautos”); los que consiguen beneficios individuales a costa de causar pérdidas sociales (“malvados”); y, por último, protagonistas del estudio, los que sólo consiguen pérdidas sociales y pérdidas individuales (“estúpidos”).
 

Cuadro 1

Cuadro 1


     Tengamos en cuenta que dentro de estos grupos puede haber mucha variabilidad. Así un individuo malvado puede estar en la parte media de su cuadrante (es lo que antes hemos denominado “malvado perfecto”) causando, en términos cuantitativos, las mismas pérdidas sociales que los beneficios individuales que él consigue. Pero también existen, por ejemplo, malvados que con pequeños beneficios individuales causan grandes pérdidas sociales, lo que los situaría muy cerca de los estúpidos (Véanse los Cuadros 2 y 3).
 
     Sólo queda añadir un último detalle esencial: la capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de algunos factores entre los que destaca la posición de poder o autoridad que ocupe en la sociedad, y dicha posición de poder potencia peligrosamente la capacidad destructiva de los estúpidos. Las clases y las castas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales. En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia, pero su lugar lo ocupan hoy los partidos políticos y la burocracia.
 
     Ahora les queda a ustedes la aplicación práctica a su entorno de esta teoría científica.
 
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Toda la entrada está copiada, casi literalmente, de CIPOLLA, CARLO MARIA. “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, ensayo publicado originalmente en lengua inglesa en 1976. Yo lo tengo en la publicación CIPOLLAamnt (pp. 51-87) cuya referencia puede consultarse en la Bibliografía.

Por un nuevo contrato social

In Filosofía (barata), Política on enero 17, 2011 at 11:45 am

     “¿Acaso no es una desgracia extrema la de estar sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno porque dispone del poder de ser malo cuando quiere?”. Esta frase de Étienne de La Boétie, en su De la servitude volontaire, resume la disposición mental frente a la tiranía o, sin ser tan radicales, frente a unos gobernantes corruptos y, a la postre, corrompidos, que han desistido del objeto para el que fueron contratados y gastan todo su tiempo en auto-promocionarse y auto-reproducirse.
 
     Este, de la teoría contractualista, es un tema de cierta complejidad académica, pero no quiero redactar aquí una entrada teórica a su respecto ya que sería larga y, seguramente, tediosa. Habría que tratar de Iusnaturalismo, de Francisco Suárez (español, el primero en hablar de “pacto social”), de Altusio, de Grocio, de Pufendorf, de Hobbes, Locke, Rousseau, … y cómo no de Platón y de Aristóteles.
 
     Nos bastaremos, entonces, con una breve definición que habrá que asumir sin aparato crítico: “En efecto, para que una multitud, es decir, muchos hombres, sean una Persona, a la que pueda atribuirse un acto y a la que correspondan ciertos derechos (…) , es necesario que hayan unido primero sus voluntades y fuerzas mediante pactos sin los cuales es imposible entender cómo pueda hacerse la unión (…) de quienes son iguales por naturaleza” (Pufendorf, citado por SABINE, 318). Tales pactos tendrían varias vertientes, de la que a nosotros nos interesa aquí la que se establece entre la sociedad y sus gobernantes. Da igual que, como señaló Kant, todo esto fuese una ficción histórica o metodológica, lo importante es que existe un “pacto” entre gobernantes y gobernados, que, como todos los contratos, se establece en base a unos acuerdos y a unos principios, los que fueren, y que, por lo tanto, si esos principios son violados el pacto puede romperse y ser sustituido por otro.
 
     Toda la enorme complejidad de la teoría está magistralmente resumida, en la práctica, por un suceso histórico fundamental en la reciente Historia Universal y recogido en este documento:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad (Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Filadelfia, 4 de julio de 1776)

     Pues bien, lo que sostengo en este artículo es que estas palabras escritas hace dos siglos y cuarto largos son de una actualidad avasalladora, que los actuales gobernantes han roto el pacto social vigente y que, por tanto, se hace necesaria la redacción de un nuevo contrato. Es, curiosamente, lo que está reclamando la sociedad tunecina, por ejemplo, en estos mismos días, aunque su contrato y el nuestro sean muy diferentes. Las dos cuestiones a dilucidar son entonces: por un lado cuál es el contenido de nuestro actual contrato con nuestros gobernantes y, de otro, por qué éstos lo incumplen tan gravemente como para que sea necesaria su reescritura. Como último contenido teórico previo, sólo habría que insistir en que, como todos los pactos, hablamos aquí de un gran consenso en el que pueden convivir opiniones o grados de convencimiento diferentes e incluso, como no, ideas contrarias y enfrentadas, pero el pacto, el contrato, el consenso involucra al conjunto de la sociedad.
 
      Si tuviésemos que definirlo con una sola expresión diríamos “Estado del Bienestar”. Este es el contrato que refrendamos actualmente, en Gerena, en España, en Europa y en lo que denominamos genéricamente como “Occidente”, entre gobernantes y gobernados. En un artículo de ayer mismo en El País Paul Krugman explica algunos datos al respecto. En pocas palabras el Estado del Bienestar es una combinación de capitalismo y Estado en el que éste se compromete a distribuir entre todos los ciudadanos una parte importante de los beneficios de aquél, de manera que repartiendo una parte sustancial de la riqueza generada por la economía capitalista aumente el nivel de vida y bienestar general de la población, se controlen sus desmanes ecológicos y se salvaguarden derechos esenciales. Que es posible hacerlo está demostrado por la historia de varios países occidentales desde mediados del siglo XX hasta hoy. La clave de bóveda del sistema está en la palabra “Estado” o, dicho en otros términos, en el contenido que adjudicamos al concepto de la “política”: ésta se entiende necesariamente como igual a democracia que debía controlar al mercado, regularlo y redistribuirlo. No se pone en cuestión el sistema económico capitalista, pero se obliga a su “mano invisible” (según la inevitable explicación de Adam Smith) a convertirse en observable, medible y controlable para el beneficio común del conjunto de los contratantes que, en esta situación, no puede ser sino el conjunto de la ciudadanía.
 
     Explicar las razones por las que nuestros gobernantes han roto este contrato es tan fácil y evidente en estos momentos que parece casi pueril. No hay que buscar apenas para encontrarse con declaraciones, actitudes y hechos que demuestran que éstos han dimitido de la preponderancia política, segura y lamentabilísimamente porque su simonía ya no les permite pensar en términos políticos, sino, con exclusividad, en términos económicos. Jacinto Pereira, Manuel Chaves y Rodríguez Zapatero, cada uno en su diferente nivel de responsabilidad, son ejemplos perfectos de ello (que estos tres nombres sean de gobernantes socialistas es sólo casualidad, triste casualidad, y no descarta en absoluto, que si residiera en la Comunidad Valenciana los dos primeros nombres y siglas políticas serían diferentes). No les hemos contratado para que repartan miserias, eso lo lleva haciendo la Iglesia Católica dos milenios, con más eficiencia seguro, les contratamos para que repartieran riqueza, la riqueza que no reparte el mercado y que debía de repartir la política. Sin embargo, en una espiral inenarrable, atrapados por esa riqueza y por el vudú de los “nuevos ricos” han caído en la cuenta de que nada funciona mejor que el mercado (la compraventa donde siempre manda el más fuerte), para ellos, para sus familias y para sus amigos. ¿Cómo sino iba a ganar Jacinto Pereira mucho más de 60.000 euros anuales, cuando el sueldo de un profesor de escuela, su anterior trabajo, no llegará ni a la mitad? Los gobernantes de nuestro contrato, o lo que es mucho peor, los políticos en general se han convertido en el problema. Un problema tan grave que puede hundir a un país en un santiamén. Lo han hecho, por ejemplo, hace muy poco tiempo con uno de los más ricos y prósperos del mundo: Argentina, lo están haciendo con Grecia en el mismo momento en el que ustedes leen estas palabras, y …
 
     Es decir, merced al contrato les convertimos en guardianes de la granja y ellos han acabado creyéndose dueños, y comiéndose a todo bicho viviente que por allí circulaba. Ahora ellos están orondos y nosotros nos hemos quedado sin granja y sin animales. Los términos del contrato eran palpables: ofrecimos la preponderancia a la política para controlar al mercado, sin embargo, los actores de esa preponderancia: los políticos, se han aliado con el mercado para traicionarnos. Las consecuencias las conocemos todos: una vez que los políticos se han vendido al mercado y se han dejado corromper por él hasta límites vomitivos, aquél, el mercado, ha venido a exigir ahora su lugar y su precio con la violencia que caracteriza a las “manos invisibles”. Así que cualquier nuevo contrato social debe comenzar, inevitablemente, por limitar de forma drástica el poder omnímodo de los políticos, y su número innecesario y multiplicado. Esta es, por tanto, la primera estipulación del nuevo contrato social que necesitamos: el mercado no es de fiar, pero los políticos tampoco lo son y contra más poder tengan ambos peor nos irá al conjunto de los ciudadanos. Es lamentable tener que estar de acuerdo con La Boétie cuatro siglos y medio más tarde.

Jugar a perder

In Filosofía (barata) on enero 9, 2011 at 1:49 pm

     Hace unas semanas tres señoras encantadoras me comentaron que estaban enganchadas a esta ciberbitácora, que eran fieles seguidoras de ella. Me sorprendieron, sobre todo porque en esta sociedad en que vivimos no es fácil verbalizar palabras amables y simpatizar con compañeros circunstanciales de viaje. Como aparentaban rondar mi edad, más o menos, esta entrada se la dedico a ellas porque la entenderán perfectamente.
 
     Lo más hermoso de esta vida, sin duda, es que nadie sabe lo que pasará mañana. Quizás apoyados en herramientas absurdas, en experiencias pasadas, en matemáticas inventadas, podamos hacer predicciones generales y en esos términos, en términos generales, se cumplan algunas, o quizás se cumplan bastantes durante un corto período de tiempo, pero en lo que atañe a cada uno de nosotros individualmente, a nuestros quehaceres, a nuestras labores mundanas (cómo me gusta esta palabra, Dios mío, que aprendí de Marvin Harris) la duda es el estado permanente del alma. Desconfió severamente de los que predican verdades absolutas y eternas, inmutables, de los que asperjan certezas seculares, y, por encima de todos ellos, de los filósofos del ego cargados de testosteronas triunfantes. Por eso, para cualquier lector atento, la bitácora siempre está llena de adjetivos (posible), adverbios (quizás), verbos (creer) … que denotan asaz inseguridad. Lo que para algunos será deficiencia para mí es valor.
 
     Y así es que esta vida de la que hablamos te tiene guardada sorpresas de un día para el siguiente. Cuánto sabrán estas tres señoras de sorpresas y de días siguientes que dibujan, que les han dibujado, vidas insólitas unas horas antes. Más de cien sorpresas parafraseando a Sabina: viejos amores que reclaman derechos caducados, nuevos amores que se queman en hogueras diarias a las que no paramos de añadirle combustible, enemigos que te tienden la mano, amigos que te disparan con Wagner y sus valquirias de fondo, encuentros en la calígine indescifrable, desencuentros impagables con olor a ron … Aquí estoy yo, en uno de estos meandros azarosos del día siguiente, asomado a un farallón desde el que, de momento, sólo se divisan olas invencibles azotando la base. No es que haya que preocuparse demasiado, ya sabemos de olas y de armadas invencibles en el pasado que fueron derrotadas sin entrar en combate, y ya sabemos que habrá otro día siguiente (y si no lo hubiera nada hay de qué preocuparse entonces).
 
     Lo único que de verdad me preocupa es lo que llamo “jugar a perder”. Hay personas especialistas en ello, seguro que todos tenemos ejemplos a mano. Hay momentos en tu vida en los que empiezas a tomar decisiones, algunas decisiones, que sabes que implicarán perder, no tiene mayor importancia porque la vida es duda y es cambio constante de suerte, no se puede, ni se debe si me apuran, jugar todo el tiempo a ganar. La importancia deviene, como casi siempre y con casi todo, con la concatención. Lo que de verdad quiero decirles, al fin, es que yo estoy sumando decisiones que implican jugar a perder y es posible, sólo posible, que acabe perdiendo. Les seguiré contando, señoras.
 
     Por cierto que cuando hablo de ganar y perder sólo me refiero a lo único que de verdad merece la pena en este mundo: la seguridad de intentar hacer felices a los que te rodean cada día para serlo tú. Exactamente lo que hicieron ustedes, señoras, hace unas semanas conmigo.

E pur si muove

In Filosofía (barata) on diciembre 4, 2010 at 11:03 pm

     La bibliografía consultada al respecto se muestra dubitativa sobre si la frase correcta es la señalada, o si su grafía sería “Eppur si muove“. Incluso existe una tercera alternativa: e pur si move. En cualquier caso, todas estas posibilidades, propias de una lengua en formación y con notables variantes locales, no discuten que el comentario, entre dientes, de Galileo sea una de las frases más famosas de la Historia del Pensamiento Humano. Aunque fuese falsa, esta noticia es coherente y oportuna.
 
     Como todos sabemos, supuestamente, es la frase que pronunció Galileo tras abjurar ante la Inquisición: Y, sin embargo, se mueve. La cuestión no está incluida en la primera biografía sobre el matemático, escrita por su discípulo Vicenzio Viviani en 1655, sólo trece años después de su muerte. Por contra, la prima impresión de la frase parece encontrarse en un libro de Giuseppe Baretti titulado Italian Library, editado en 1757; en su página 52 puede leerse: “En el momento en que fue puesto en libertad miró al cielo y a la tierra y, golpeando con el pie en el suelo, dijo, Y sin embargo se mueve”. Que la primera referencia a la frase se encuentre en este autor y en este libro, un inventario de autores y obras italianas no muy fiable, no ayuda a su credibilidad. Sin embargo, diferentes autores aportan un dato que yo no he podido comprobar y que, de ser cierto, otorgaría un estatus diferente a la anécdota. Según parece existe un lienzo atribuido a Murillo, o a su taller, fechado entre 1643 ó 1645, donde se representa a un prisionero señalando una frase escrita en la pared, dicha frase es, en italiano, “y sin embargo se mueve”. De ser cierto significaría una tempranísima demostración de que la frase era famosa incluso en vida del propio Galileo.
 
     Pero, aparte de que la historia es harto conocida por todos, como suele suceder en estos breves escritos, lo que me interesa hoy no es Galileo. Lo que me interesa es la sentencia en su más amplio sentido. Y, sin embargo, se mueve. Todas las inquisiciones, todos los dictadores, todas las emociones y los sentimientos del mundo podrían ponerse de acuerdo y no lo evitarían. Todas las luchas, individuales y colectivas, internas o externas, serán superfluas e imposibles. Porque se mueve. La Tierra se mueve; la verdad se mueve; el amor … se mueve. Cuando estás apoltronado, en tu sillón o en tu vida, y piensas que ese es el estado natural del mundo y que siempre será así … te estás equivocando … se mueve.
 
     No pondré hoy ejemplos políticos que me asquean. Acabaré refiriéndome a otra historia no menos conocida que la de Galileo, la musicada por Giuseppe Verdi. Casualmente he escuchado esta tarde la escena final de la Opera Aída: amores imposibles, imperios eternos, realidades encontradas. Y, sin embargo, se mueve. Aída y Radamés golpean la tierra en esa escena final y … se mueve. Quizás, en una lectura superficial no lo parezca pero, sin embargo …