Pues a fe, señores míos ...

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Cada hoja del árbol es tan importante como tu modelo

In Pintura on marzo 7, 2011 at 3:11 pm

     Aproximadamente dos tercios de la actividad pictórica de Claude Monet tuvieron lugar en Giberny, una minúscula localidad al noroeste de París y a orillas del Sena. Allí vivió desde 1883 hasta su muerte, en diciembre de 1926, cuando estaba prácticamente ciego. Qué cruel para la sociedad fue ese padecimiento del siglo XX que privaba de la vista a genios como Monet o Borges. En Giberny, que ha quedado ya para siempre anudada a la Historia del Arte, del color y de la belleza, cada vez más solo, aunque no abandonado, el pintor que inventó el impresionismo se dedicó a hacer series inacabables de cuadros de su jardín, enamorado de cada hoja de cada árbol. Así escribió a la artista estadounidense Lila Cabot Perry según ella misma contó al final de su vida: “recuerda que cada hoja del árbol es tan importante como los rasgos de tu modelo” (MYAG, 17).
 
     En 1978 el Metropolitan de Nueva York realizó una exposición dedicada a este tiempo y a este espacio de la vida de Claude y consiguió reunir 5 cuadros de la serie que pintó en los dos últimos años del siglo XIX. Normalmente a la serie se le da en castellano el nombre de “Puente japonés”, traduciendo desde el inglés, aunque en el francés original unas veces se le llama “puente” y otras “pasarela”. Fueron muchas más, sin embargo, las veces que Monet pintó esta ligera construcción porque sólo el Museo Marmottan de París posee 8 versiones. Además se sabe que la primera vez que lo pintó fue en 1895, que existe otro cuadro de principios de la década de los veinte, que en 1900 exhibió una serie con 10 lienzos, …
 

     Ésta de arriba es la pasarela fotografiada en una fecha sin concretar, hacia finales del siglo XIX. ¿Cuál era la razón para pintar series tan amplias de cuadros casi idénticos en temática y composición? En una entrevista, durante 1891 con un crítico holandés, Monet hizo hincapié en la importancia de ver las series en su conjunto. Dio a entender que, aislar un momento específico, pintando un tema sólo una vez, era negar un aspecto de la realidad: el paso del tiempo (MYAG, 12). La opinión aquí expresada por el autor es cierta y fecunda, pero estoy en desacuerdo con él: pintar almiares o una pasarela japonesa sobre un estanque no tiene nada que ver con el paso del tiempo, fundamentalmente porque, como ya escribió Hesíodo, el tiempo natural es circular y, por lo tanto, no pasa, sólo gira y se auto-sucede. Para pintar el paso del tiempo otros artistas (quizás el caso paradigmático es Rembrandt), por ejemplo, se habían auto-retratado. Puede ser que Monet y, sobre todo, los especialistas en Monet, quieran hacernos ver aquí una evolución que no existía, porque lo que hacía en realidad era seguir las ideas iniciales del Impresionismo en el que ya existían las series pintadas del natural. Ni más, ni menos.
 
     De hecho una de las obras mundialmente famosas de Claude Monet es La Gare Saint-Lazare, estación de la que en 1877 pintó 11 obras. Y su serie cumbre, llamada algunas veces “cumbre del impresionismo”, es una de 31 obras sobre la Catedral de Rouen pintada entre 1892 y 1894.
 

     El cuadro superior es uno de los que más me gustan de la serie sobre la pasarela japonesa. Es un óleo sobre lienzo pintado en 1900, de 90 por 101 centímetros, y se encuentra en el Museo del Instituto de Arte de Chicago. Lo que vemos aquí, dicho lo dicho, es lo que debemos y esperamos ver: un espacio conocido en el que Monet no persigue el tiempo, sino su variabilidad circunstancial. Y, insisto, estaba siendo fiel a toda su carrera, cuando se centra en las variaciones estacionales, de luz, ambiente y calidad que esa vista natural le ofrece. En este caso, además, parece que cargó el pincel más de lo que en él era habitual y hay zonas donde el color intenta ya escapar de la tiranía de la forma. Efectivamente, contemplando las dos imágenes acabamos por comprenderlo todo: Claude Monet pretendía ser fiel a cada hoja, a cada reflejo de luz, a cada imperceptible variación momentánea, … y pretendía hacerlo para la vida y para la eternidad, porque la fotografía parece la instantánea de un paisaje muerto.

Fracasando una vez más …

In Arte on febrero 25, 2011 at 11:17 am

     Esta mañana, muy temprano y por azar, como suceden las cosas más importantes de una vida, he relacionado dos frases que nada tienen que ver la una con la otra. Y esa relación me ha traído al título de la entrada. Es conocido que van Gogh se pegó un tiro en el pecho el 27 de julio de 1890 en la pequeña localidad de Auvers-sur-Oise, al norte de Francia, pero que no murió hasta dos días más tarde junto a su hermano Théo. No hay unanimidad al recomponer sus últimas palabras, pero alguna bibliografía señala éstas: “Fracasando una vez más … La miseria no acabará nunca” (VANGOGH, 8). No sé si se refería a que éste, el óbito, era el último fracaso, o a que ni tan siquiera atinó a matarse certeramente, o a cualesquiera otras razones insondables. Da igual. El caso es que, en el bolsillo de su chaqueta, llevaba la última carta que escribió, breve, y en ella este testamento: “Pues bien, la verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen” (VANGOGH, carta 652).
 
     “Menelao nos ha dicho que queréis volver a vuestras casas” (2Mac 11, 29, según BC, 660). Así escribió Antíoco, rey de Siria, al Consejo de Ancianos y al pueblo judío. Siempre, todos, queremos volver a nuestra casa. Ahora que anudo estas letras me resulta obvio que la casa de Vincent eran sus cuadros, y la de cualquiera de nosotros podría ser su infancia, sus padres, su tierra, un amigo, un recuerdo, una idea, tú … Supongo que vivir es salir de casa y caminar, de fracaso en fracaso, hasta encontrarla de nuevo, hasta regresar. Esto, creo, es lo que magistralmente nos contó Homero en su historia de Ulises. Y si fuere de esta manera, quien no camina, quien no fracasa, quien no regresa, no vive. La suposición puede ser banal pero, como casi siempre, ya la escribió Borges, ésta en el epílogo de su libro El hacedor, de 1960: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” (BORGES, II, 451).
 

Vincent van Gogh. Campo de trigo con cuervos. Óleo sobre lienzo, 1890. 50,5 X 103 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam


     Van Gogh pintó poco antes de morir este cuadro que les incluyo. Uno de los más conocidos de su apabullante obra. Sobre él se ha dicho que fue el último cuadro que pintó, que es su testamento pictórico, … como señala la propia web del museo donde se conserva: todo demasiado bonito para ser verdad. Ciñámonos, aunque sólo sea como ejercicio estético, a esta verdad. Hace unos seis meses escribí una entrada sobre un cuadro concreto de van Gogh: Les mangeurs de pommes de terre (pueden verla en este enlace). Entre aquel cuadro y éste sólo ha pasado la increíble cantidad de tiempo de ¡¡5 años!! El camino recorrido es fantástico y estremecedor, sus consecuencias eternas, incluso aunque sólo lo considerásemos como un salto entre fracasos.
 
     Siguiendo la antigua carta de Antíoco, que probablemente conocía (porque intentó ser cura), Vincent van Gogh, fracasando, reencontró su casa a la que ya no quiso abandonar nunca: “que sean nuestros cuadros los que hablen”. Los suyos cuentan una historia espectacular y breve. Yo sigo navegando con Odiseo en el regreso, pero compañeros … esta navegación es la vida.

Perspectivas invertidas

In Arte on diciembre 12, 2010 at 9:45 am

     He comenzado estos días a leer un libro cuyo título debería ser Post expresionismo, pero que la necesidad de un nombre significativo, según las primeras confesiones de su autor, denominó al fin Realismo mágico, dejando al título original sólo como apellido. En el segundo párrafo de su introducción Franz Roh me ha sorprendido con esta idea: “Este libro, sin incurrir en relativismo, está inspirado por la idea de que en este planeta podemos movernos en varias direcciones, si bien limitadas, todas ellas igualmente llenas de sentido” (ROH, 14). Por esas extrañas, o inconfesables a veces, relaciones que establece nuestra mente a su libre albedrío, la afirmación me recordó al delicioso libro de Pável Florenski: La perspectiva invertida (FLORpi).
 
     A Pável Florenski ya le he dedicado un par de entradas (I y II) y su libro quizás merezca una atención especial en algún momento. Pero resumiré aquí, brevemente, la idea central, y escandalosa, que lo alumbró. La perspectiva lineal (o perspectiva geométrica, o perspectiva monofocal, llámenle como quieran), esa forma de ver y representar el mundo que inventaron los griegos (aquello que los historiadores parecen de acuerdo en denominar “revolución griega”) y que nosotros hemos heredado del Renacimiento, aunque fuese sistematizada científicamente bastante después, sólo es una forma de entender el mundo, no representa la naturaleza real de las cosas sino que es un esquema, entre otros posibles, de representación, es, en definitiva, una expresión simbólica artificial. En los términos utilizados por Florenski: esa forma de ver y representar el mundo no es la palabra del mundo, sino una ortografía especial de él (FLORpi, 29). Y existen otras ortografías.
 
     Me estoy dando cuenta ahora mismo de que las opiniones de Florenski y de Roh son prácticamente contemporáneas: la primera redacción del ruso es de 1920 y la del alemán de 1925. ¡Que gran momento para intentar ver las cosas desde otras perspectivas! Cuando el mundo había pasado de la euforia al desastre de la Primera Guerra Mundial y se acercaba al terror de la Segunda.
 

     Pero no hace falta acudir a situaciones históricas tan dramáticas, ni a representaciones caóticas, para recomendar la perspectiva invertida. La imagen superior es el primoroso dibujo de un papiro egipcio. Entre los millones posibles, es un magnífico ejemplo de perspectiva invertida. Mírenlo durante un tiempo tranquilamente y compárenlo con el famoso lienzo de “Las espigadoras” de Millet, pintado dos mil años más tarde, magnífico ejemplo éste de realismo y perspectiva.
 

     ¿Se atreven ustedes a hacer juicios de valor sobre la verdad? ¿No es cierto aquí que existen dos verdades de similar categoría, dos direcciones llenas de sentido? ¿No serán las dos dignas, al menos, de la misma atención? ¿Y no serán las dos conformadoras de una realidad más verosímil y, valga el juego de palabras, cierta? ¿Por qué nos obstinamos en cercenar nuestro mundo y en dividirlo en cielos e infiernos excluyentes? Inviertan sus perspectivas y serán, sin duda, más felices. Al menos disfrutando del arte.

Les mangeurs de pommes de terre

In Pintura on agosto 16, 2010 at 1:43 pm

     En un libro que acabo de leer se encuentran estas líneas:

Marchante de cuadros, y al comprender tres años después que no, que no era esto, modesto maestro de escuela en Inglaterra. Y en esto la resolución: meterse a cura. Se va a Bruselas a aprender griego y latín. Pero, ¿por qué este rodeo? ¿No hay en algún lado gente que no le exija griego ni latín a su predicador? Se convierte así en lo que llaman un evangelista, y se va a las cuencas carboníferas y les cuenta el Evangelio a las gentes. Y mientras lo cuenta empieza a dibujar. Y al fin ni se da cuenta de cómo se calla, y ya sólo dibuja. Y desde entonces ya no hace otra cosa, hasta que le llega la última hora, cuando se decide a romper con todo, porque quizá durante semanas no le fuera posible pintar; esto de dejarlo todo, la vida antes que nada, le parece natural. ¡Qué biografía! (RILKEcsc, 24)

     Ciertamente, como dice el propio Rilke que, al parecer, la copia de un cuaderno de pinturas, ¡qué genial pequeña nota de apenas una decena de líneas!. Cuánto trabajo podrían ahorrase los autores de mastodónticas autobiografías.
     Muy pocas personas identificarán al pintor de la biografía y, a bote pronto, muchas menos lo reconocerán en el cuadro que incluyo más abajo. Sólo, quizás, los entusiasmados por él y/o los verdaderamente entendidos en arte. Yo, que, como casi siempre, no soy ni una cosa ni la otra, lo tengo relativamente fácil porque Isabel pertenece al primer grupo y éste es, además, uno de sus cuadros favoritos.
     El cuadro es asaz curioso. Y lo es, fundamentalmente, por las palabras que le dedicó su autor: “Creo que la imagen de los campesinos comiendo patatas que pinté en Nuenen es la mejor de todas mis obras” (citado en VGtcp, 159). Aunque lamento no estar, ni de lejos, de acuerdo con el genio, las coincidencias y curiosidades que ya he comentado no podían significar sino que me interesase por este cuadro.
 

 
     La obra es un óleo sobre lienzo de 82 X 114 centímetros pintada en Nuenen el abril de 1885 y se suele traducir al castellano como “Los comedores de patatas”. Entre las 51 “obras maestras” del autor que las editoriales Rizzoli y Skira eligieron para la serie de “Los Grandes Genios del Arte” se encuentra ésta (VGlgga, 72-73), pero sólo 4 son de la época de Nuenen a la que pertenece. Las otras 46 son, justamente, lo que se espera, lo que todos esperamos ver, cuando miramos un Van Gogh. Y es que, si mis números son correctos, Vincent pintó, la nada despreciable cifra de, 197 obras en esta pequeña ciudad del sur holandés, pero apenas ésta de la que aquí hablamos, una de un tejedor y otra con una Biblia han vencido el paso del tiempo y la feroz tiranía de la crítica y el gusto popular.
     Los dos años que pasó en Nuenen, desde finales de 1883 a finales de 1885, se encontrarían en la parte de la biografía de Rilke donde señala que: “… mientras lo cuenta empieza a dibujar. Y al fin ni se da cuenta de cómo se calla, y ya sólo dibuja”. Y dibuja obsesivamente: 197 obras en dos años. De “Los comedores de patatas” existen, según VGtcp, 82, 96 y 97, otras tres versiones: una litografía y dos óleos además de multitud de retratos individuales de los personajes que aquí aparecen.
     No voy a interpretar el cuadro. Como todos ustedes saben tengo cierta aversión a “explicar” cuadros, pero cabría hablar ahora, como señala la bibliografía, de la pasión por aprender a pintar (del Cours de dessin de Bargues y de la editorial Goupil), del maestro Millet, de las revistas inglesas ilustradas críticas con las nuevas formas de vida consecuencias de la industrialización (incluso de la silla dibujada por Sir Samuel Luke Fildes de tan fructíferas consecuencias), de la cercanía, física y psicológica, a sus modelos, de su religiosidad, de su afán, modernísimo, por la fealdad, … A Isabel el cuadro le encanta por lo que representa: la dignidad del desamparo en la más estricta sobriedad (y utilizo la palabra en términos puramente artísticos).
     Aunque, en definitiva, el único interés de la entrada era, de nuevo, sembrar la duda y cuestionar lo que creemos saber.

Me virides fingunt campi, rupesque superbae

In Arte, Historia, Local (Gerena) on abril 8, 2010 at 10:56 am

     En el año de 1570, lunes primero de mayo, el más grande emperador que ha existido nunca sobre la tierra visitaba la ciudad de Sevilla. En una de las numerosas pinturas que se levantaron, a la orilla del río, para recibirle, podía verse una en forma de mujer con ropa morada, un manto azul caído sobre el brazo izquierdo y falda larga amarilla. En su mano llevaba un ramo de manzanas y estaba rodeada de campos de trigo por un lado y de sierras llenas de caza por el otro.  

     Era la representación de Gerena.

GErena esta dla otra parte enforma de muger, tiene la ropa morada y la sobre ropa azul, cayda al braço yzquierdo y vna vasquiña amarilla. Muestra vn ramo de fruta en la mano, que son mãçanas. Está cercada por vna parte de campos para sembrar Pan y, por la otra de sierras, donde ay mucha Caça.

     El cronista que así nos cuenta es Juan de Mal Lara que escribiría un famosísimo libro para los investigadores hispalenses: Recebimiento que hizo la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla a la C.R.M. del Rey don Felipe N.S. Sevilla: Casa de Alonso Escribano, 1570. Las figuras estaban acompañadas de poemas escritos por él mismo e incluyó un cuarteto en latín (o dos dísticos si se prefiere) en cada una de ellas. El dedicado a Gerena decía así, con un magnífico primer verso:

Me virides fingunt campi, rupesque superbae,

     In quibus alma Ceres vivit et alma Pales.

Poma Philippe potens, quae felix purpura vestit,

     Ornabunt mensas, dona secunda tuas.

que traduce el mismo Mal Lara en su Recebimiento:

Los campos verdes y las soberbias peñas me dan forma,

del uno y otro lado en que la fértil Ceres y Palas viven.

Poderoso Felipe, las manzanas que la dichosa púrpura viste

(como fruta de postre) irán a tus mesas.

     Una de las cosas más curiosas del Recebimiento es que incluye un dibujo de cada una de las representaciones y, en efecto, en el folio 126r se encuentra el de Gerena. Es fácil observar que dicho dibujo no se ajusta exactamente al detalle comentado.

  

    El capítulo dedicado a Gerena termina con otras dos composiciones poéticas que, en este caso, son como explicaciones ampliadas de lo apuntado en los versos latinos. La primera dice:

Veis, Señor, el monte y prado

     y la levantada peña,

     pues no menos pan que leña,

     y aceite muy esmerado

     se coge en aquella breña.

Hay manzanas olorosas

     de la color de la grana,

     y otra fruta más temprana;

     si os parecieren sabrosas,

     dárseos han de buena gana.

     Y la última:

El prado y alta sierra,

adonde fruto y flores,

con variedad de gustos y de olores,

Ceres divina por su parte encierra,

y a do Palas extiende sus favores,

de su beldad repartirá contigo,

y de su fruto se verá adornada

tu mesa, si te agrada.

Recíbela, Señor, que yo te digo

que no es en esta tierra despreciada.

     No hay más entre las 5 holandesas (125r-127r) que ocupa esta descripción.