Pues a fe, señores míos ...

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Fracasando una vez más …

In Arte on febrero 25, 2011 at 11:17 am

     Esta mañana, muy temprano y por azar, como suceden las cosas más importantes de una vida, he relacionado dos frases que nada tienen que ver la una con la otra. Y esa relación me ha traído al título de la entrada. Es conocido que van Gogh se pegó un tiro en el pecho el 27 de julio de 1890 en la pequeña localidad de Auvers-sur-Oise, al norte de Francia, pero que no murió hasta dos días más tarde junto a su hermano Théo. No hay unanimidad al recomponer sus últimas palabras, pero alguna bibliografía señala éstas: “Fracasando una vez más … La miseria no acabará nunca” (VANGOGH, 8). No sé si se refería a que éste, el óbito, era el último fracaso, o a que ni tan siquiera atinó a matarse certeramente, o a cualesquiera otras razones insondables. Da igual. El caso es que, en el bolsillo de su chaqueta, llevaba la última carta que escribió, breve, y en ella este testamento: “Pues bien, la verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen” (VANGOGH, carta 652).
 
     “Menelao nos ha dicho que queréis volver a vuestras casas” (2Mac 11, 29, según BC, 660). Así escribió Antíoco, rey de Siria, al Consejo de Ancianos y al pueblo judío. Siempre, todos, queremos volver a nuestra casa. Ahora que anudo estas letras me resulta obvio que la casa de Vincent eran sus cuadros, y la de cualquiera de nosotros podría ser su infancia, sus padres, su tierra, un amigo, un recuerdo, una idea, tú … Supongo que vivir es salir de casa y caminar, de fracaso en fracaso, hasta encontrarla de nuevo, hasta regresar. Esto, creo, es lo que magistralmente nos contó Homero en su historia de Ulises. Y si fuere de esta manera, quien no camina, quien no fracasa, quien no regresa, no vive. La suposición puede ser banal pero, como casi siempre, ya la escribió Borges, ésta en el epílogo de su libro El hacedor, de 1960: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” (BORGES, II, 451).
 

Vincent van Gogh. Campo de trigo con cuervos. Óleo sobre lienzo, 1890. 50,5 X 103 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam


     Van Gogh pintó poco antes de morir este cuadro que les incluyo. Uno de los más conocidos de su apabullante obra. Sobre él se ha dicho que fue el último cuadro que pintó, que es su testamento pictórico, … como señala la propia web del museo donde se conserva: todo demasiado bonito para ser verdad. Ciñámonos, aunque sólo sea como ejercicio estético, a esta verdad. Hace unos seis meses escribí una entrada sobre un cuadro concreto de van Gogh: Les mangeurs de pommes de terre (pueden verla en este enlace). Entre aquel cuadro y éste sólo ha pasado la increíble cantidad de tiempo de ¡¡5 años!! El camino recorrido es fantástico y estremecedor, sus consecuencias eternas, incluso aunque sólo lo considerásemos como un salto entre fracasos.
 
     Siguiendo la antigua carta de Antíoco, que probablemente conocía (porque intentó ser cura), Vincent van Gogh, fracasando, reencontró su casa a la que ya no quiso abandonar nunca: “que sean nuestros cuadros los que hablen”. Los suyos cuentan una historia espectacular y breve. Yo sigo navegando con Odiseo en el regreso, pero compañeros … esta navegación es la vida.

III Sesión Ágora Gerena

In Local (Gerena) on febrero 17, 2011 at 7:06 pm


     En la parte inferior de esta ciberbitácora se encuentra información sobre la III sesión de la Tertulia Ágora Gerena.

El Uno y los Múltiples

In Actualidad, Historia on febrero 5, 2011 at 10:32 am

     Lo cierto es que, en muchas ocasiones, la realidad y la sucesión constante de acontecimientos te pasan por encima como un tren de alta velocidad (pero de los de verdad, no de los que “subcontratan” alcaldes con ínfulas). Con Isabel, con algunos amigos, o en la fructífera soledad del pensamiento, le paso revista a un montón de ellos, pero escribir sobre cada uno me exigiría una dedicación completa que no me apetece y de la que tampoco dispongo.
 
     Uno de estos asuntos, de rabiosa actualidad y de mayor importancia, que nos ha pillado a todos en bragas, son los acontecimientos egipcios. Como todos los diarios, semanarios y noticiarios del mundo están repletos ahora de expertos que los explican, no sumaré mi insignificante voz a estos especialistas en predecir lo sucedido. Sólo quiero hacer una limitada reflexión histórica, es decir inútil, algo más allá de los tanques y las piedras que pueblan la Plaza Tahrir.
 
     El miércoles 2 de febrero leí una soberbia entrada en el Blog de LLuís Bassets. La tituló: “Ahí está el viejo topo”. Hasta donde yo sé, la expresión “viejo topo” la utilizó por vez primera Rosa Luxemburgo en 1917, titulando así un artículo y refiriéndose a La Historia: “Historia, viejo topo, hiciste un buen trabajo”, venía a decir, alabando que el Imperialismo, la Primera Guerra Mundial, etc., los acontecimientos históricos en definitiva, habían puesto en manos del proletariado una posibilidad real de cambio mundial con el estallido de la revolución rusa. Desde aquí, en la nomenclatura comunista, la expresión pasó a denominar no a La Historia, sino a La Revolución, en el sentido de que por debajo de la “normalidad” aparente del día a día se mueven tensiones intensas y extensas, viejos topos, que acabarán, tarde o temprano, floreciendo en la superficie y provocando revoluciones. Esto es lo que está sucediendo en Egipto cuando menos se esperaba, donde menos se esperaba y por quien menos se esperaba. Por ello la acertada referencia de Bassets.
 
     Es curioso (o quizás no tanto), que la misma idea la hubiese expresado algún tiempo antes, unos dos mil quinientos años antes, un filósofo anatolio con sólo cuatro palabras (harmonie aphanes phaneres kreitton), aunque sea imposible una traducción al castellano tan breve: “La armonía invisible es más fuerte que la visible” (en FragI, 222-223). Heráclito de Éfeso ya sabía que por debajo de lo patente está lo latente y, lo que es más importante, que lo latente es más perfecto, más armónico, que lo patente. No sugiere en ningún sitio que aquello vaya a acabar imponiéndose a esto, pero es el primer filósofo que habló del uno y lo múltiple, de la unidad y la variabilidad como un completo armónico. Heráclito sabía que la Historia no termina nunca, que los contrarios, indisociables e imprescindibles, están siempre en lucha, en lo visible y en lo invisible, a pedradas o cavando túneles.
 
     El Uno y los Múltiples es un magnífico y denso estudio del arqueólogo alemán Erik Hornung sobre la mitología egipcia. En él se habla abundantemente de los denominados “Textos de los Sarcófagos”, en referencia a los jeroglíficos incluidos en las tumbas de los nobles hacia el 2000 a. de C., sucesores de los “Textos de las Pirámides” y precursores de los “Libros de los Muertos”. Traigo aquí, en concreto, un texto conocido como “Monólogo del señor universal” en el que se enumeran las cuatro obras más importantes de la creación:

He hecho cuatro cosas perfectas
en el interior de la puerta del horizonte.
He creado los cuatro vientos,
para que todo el mundo pueda respirar en su entorno.
Eso es una de ellas.
He creado la gran inundación,
para que tanto el pobre como el rico se apodere de ella.
Eso es una de ellas.
He creado a todo el mundo igual a sus semejantes
y no he ordenado que cometieran injusticia.
Peros sus corazones han violado lo que yo ordené.
Eso es una de ellas.
He hecho que sus corazones no olviden
el Oeste (es decir, el reino de los muertos),
para que les sean hechos sacrificios a los dioses de los nomos.
Eso es una de ellas ellas (HORNUNG, 184-185)

     No sé a ustedes, pero a mí este texto me parece genial. Un Dios ha creado el aire, el agua y la riqueza (aparejada a las inundaciones del Nilo) para ser compartida por todos. Ha creado a los hombres, a todos iguales a sus semejantes (aquí esta el elemento esencial de la teoría del Contrato Social), y, a continuación, se queja de que no le han hecho caso: ¡¡impresionante!! Y, por último, ha creado en ellos un afán irreductible de mirar hacia el Oeste, hacia Occidente. Quizás, sin saberlo, los egipcios que acampan estos días en la Plaza Tahrir quieran recuperar este texto. Y quizás, sin que lo sepamos (todas las grandes revoluciones han venido siempre del Oriente), el texto, los egipcios y el viejo topo apunta hacia nosotros porque aquí, en Occidente, sólo estamos ya los muertos y el pasado.
 
     (Por y para Isabel)