Pues a fe, señores míos ...

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Jacinto / Manoli / Goro

In Local (Gerena) on enero 29, 2011 at 10:04 am

     Tenemos triunvirato:
 
Jacinto Pereira Espada
Manuela Bueno Valderas (Manoli)
Gregorio González Aranda (Goro)

 
     Cuatro meses antes de la celebración de las elecciones locales de 2011 todo el pueblo de Gerena conoce ya a sus candidatos. Los he ordenado de mayor a menor representación en las últimas elecciones locales, es decir, PSOE, IU e IPGe. Aunque el orden en el que los hemos conocido ha sido diferente: primero a Goro, hace ya unos meses, segundo a Jacinto y por último a Manoli. No sé si alguna de estas clasificaciones le hará suponer a alguien una premonición, a mí no, desde luego, aunque reconozco que el orden de presentación de candidatos podría ser un resultado electoral factible.
 
     Tendremos tiempo de analizar las propuestas de cada uno de ellos, así como su gestión (en el caso de Jacinto Pereira), pero lo que me interesa ahora es avanzar unas breves reflexiones sobre las personas individuales en tanto que candidatos a la alcaldía. En otro blog de Gerena (éste es el enlace a la entrada en cuestión en la PCIPP) dibujé hace unos días una serie de condiciones que, para mí, serían de obligado cumplimiento. El hecho de que no fuesen fruto de una meditación larga y profunda me demuestra que el trabajo por hacer es infinito en este campo, y que la calidad democrática de nuestros “elegibles” a nivel nacional es muy mediocre (por ser educado). Las nueve propuestas apuntadas eran:
 
1. Ningún cargo electo debería repetir más de varias (2 ó a lo sumo 3) legislaturas.
2. Ningún candidato no elegido debería presentarse más de 2 veces.
3. Las listas deberían de ser abiertas, sobre todo en las elecciones locales.
4. Ninguna persona “inhabilitada” judicialmente debería ser habilitada, de nuevo, como candidato.
5. Ninguna persona pendiente de juicio debería ser candidato (se entiende por “pendiente de juicio” aquel proceso admitido a trámite y con petición de pena fiscal).
6. Ningún candidato de cualquier partido debería ser aceptado como candidato en otro partido, salvo que éste fuese un partido creado ex novo.
7. Ningún cargo electo debería cobrar más de 3 veces el Salario Mínimo Interprofesional (fijado para 2011 en 641,40€).
8. Ningún cargo electo tendrá más de un (1) salario público.
9. En caso de tener un trabajo privado que se siga desarrollando junto con la actividad electa el salario público se verá disminuido en la proporción necesaria.
 
     Ya sé que esto es un brindis al sol, pero me gustaría que el pueblo de Gerena exigiese a sus candidatos (a todos) una toma de posición a este respecto. Es más (o menos, según se mire), me gustaría que los tres candidatos se manifestasen al respecto libremente, sin trabas y sin presiones, sobre cada uno de los 9 puntos solicitados. No creo que sean nada exagerados ni damoclianos, al contrario me resultan de unas pretensiones mínimas, de un mínimo común denominador, al que, bajo ningún concepto, deberíamos renunciar. Incluso podrían formar parte de un ideario y un pacto con los ciudadanos refrendado por alguno de los tres partidos políticos a nivel local, puesto que, excepto el punto tercero, que exigiría un cambio de la Ley Electoral, todos los demás puede ser simplemente un compromiso personal, de cada uno de los candidatos. De hecho, la mayoría de los candidatos a alcalde (dos: Manoli y Goro), creo que cumplen, o están en condiciones de cumplir, con todas las “condiciones” requeridas. E incluso en el caso de Jacinto, que, de entrada, incumple varias de ellas, pudiera suceder que situaciones pasadas no prejuzgaran promesas futuras.
 
     En cuanto a lo que pienso de cada uno de ellos y de sus designaciones seré breve: Jacinto me parece la elección más obvia del PSOE, no tienen a nadie, ni de lejos, que pueda oponer una mínima fortaleza personal frente a él. Si los candidatos que circulaban por la vox populi (Margarita, Álvaro, Esther, Javier) eran realmente los que había, la elección es de perogrullo. Tiene a su favor, además, la experiencia y el trabajo realizado, pero esto es también, precisamente, … lo que tiene más en contra. Como dice la consabida broma de jugadores de ajedrez, Jacinto tenía una excelente jugada: tirar el rey, es decir, irse a su casa, porque él mismo sabe que es un candidato amortizado, pero … Manoli es la gran atracción del triunvirato. Nueva en estas lides políticas y mujer: dos buenas razones para ser, de entrada, atrayente. Pero, también de entrada, contará con un importante handicap: ser la esposa de Arregui y pertenecer a ese núcleo duro y cerrado en que parece convertirse IU cada año que pasa. En mi opinión es la que parte con peores perspectivas (teniendo en cuenta que IU en Gerena es un partido de gobierno) y, por ello mismo, la que puede ser más arriesgada y presentar posiciones más novedosas para la ciudadanía. Goro parece de entrada caballo ganador, lo que no deja de ser un arma de doble filo. Recoge el tremendo desgaste del PSOE en general y de Jacinto en particular, se ha enfrentado con solvencia al todopoderoso alcalde en la última legislatura poniéndolo reiteradamente contra las cuerdas, se mueve con holgura entre los ambientes intermedios de la Junta de Andalucía (donde no llega la dedocracia del PSOE), y , en general, no levanta estridencias. Es decir, da la impresión de que es la evolución lógica y tranquila. Todo esto lo sabe él, … y éste puede ser su mayor error: esperar sentado a que la manzana caiga en lugar de entender que la batalla está por librar y se librará en la calle y con trabajo.

Por un nuevo contrato social

In Filosofía (barata), Política on enero 17, 2011 at 11:45 am

     “¿Acaso no es una desgracia extrema la de estar sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno porque dispone del poder de ser malo cuando quiere?”. Esta frase de Étienne de La Boétie, en su De la servitude volontaire, resume la disposición mental frente a la tiranía o, sin ser tan radicales, frente a unos gobernantes corruptos y, a la postre, corrompidos, que han desistido del objeto para el que fueron contratados y gastan todo su tiempo en auto-promocionarse y auto-reproducirse.
 
     Este, de la teoría contractualista, es un tema de cierta complejidad académica, pero no quiero redactar aquí una entrada teórica a su respecto ya que sería larga y, seguramente, tediosa. Habría que tratar de Iusnaturalismo, de Francisco Suárez (español, el primero en hablar de “pacto social”), de Altusio, de Grocio, de Pufendorf, de Hobbes, Locke, Rousseau, … y cómo no de Platón y de Aristóteles.
 
     Nos bastaremos, entonces, con una breve definición que habrá que asumir sin aparato crítico: “En efecto, para que una multitud, es decir, muchos hombres, sean una Persona, a la que pueda atribuirse un acto y a la que correspondan ciertos derechos (…) , es necesario que hayan unido primero sus voluntades y fuerzas mediante pactos sin los cuales es imposible entender cómo pueda hacerse la unión (…) de quienes son iguales por naturaleza” (Pufendorf, citado por SABINE, 318). Tales pactos tendrían varias vertientes, de la que a nosotros nos interesa aquí la que se establece entre la sociedad y sus gobernantes. Da igual que, como señaló Kant, todo esto fuese una ficción histórica o metodológica, lo importante es que existe un “pacto” entre gobernantes y gobernados, que, como todos los contratos, se establece en base a unos acuerdos y a unos principios, los que fueren, y que, por lo tanto, si esos principios son violados el pacto puede romperse y ser sustituido por otro.
 
     Toda la enorme complejidad de la teoría está magistralmente resumida, en la práctica, por un suceso histórico fundamental en la reciente Historia Universal y recogido en este documento:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad (Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Filadelfia, 4 de julio de 1776)

     Pues bien, lo que sostengo en este artículo es que estas palabras escritas hace dos siglos y cuarto largos son de una actualidad avasalladora, que los actuales gobernantes han roto el pacto social vigente y que, por tanto, se hace necesaria la redacción de un nuevo contrato. Es, curiosamente, lo que está reclamando la sociedad tunecina, por ejemplo, en estos mismos días, aunque su contrato y el nuestro sean muy diferentes. Las dos cuestiones a dilucidar son entonces: por un lado cuál es el contenido de nuestro actual contrato con nuestros gobernantes y, de otro, por qué éstos lo incumplen tan gravemente como para que sea necesaria su reescritura. Como último contenido teórico previo, sólo habría que insistir en que, como todos los pactos, hablamos aquí de un gran consenso en el que pueden convivir opiniones o grados de convencimiento diferentes e incluso, como no, ideas contrarias y enfrentadas, pero el pacto, el contrato, el consenso involucra al conjunto de la sociedad.
 
      Si tuviésemos que definirlo con una sola expresión diríamos “Estado del Bienestar”. Este es el contrato que refrendamos actualmente, en Gerena, en España, en Europa y en lo que denominamos genéricamente como “Occidente”, entre gobernantes y gobernados. En un artículo de ayer mismo en El País Paul Krugman explica algunos datos al respecto. En pocas palabras el Estado del Bienestar es una combinación de capitalismo y Estado en el que éste se compromete a distribuir entre todos los ciudadanos una parte importante de los beneficios de aquél, de manera que repartiendo una parte sustancial de la riqueza generada por la economía capitalista aumente el nivel de vida y bienestar general de la población, se controlen sus desmanes ecológicos y se salvaguarden derechos esenciales. Que es posible hacerlo está demostrado por la historia de varios países occidentales desde mediados del siglo XX hasta hoy. La clave de bóveda del sistema está en la palabra “Estado” o, dicho en otros términos, en el contenido que adjudicamos al concepto de la “política”: ésta se entiende necesariamente como igual a democracia que debía controlar al mercado, regularlo y redistribuirlo. No se pone en cuestión el sistema económico capitalista, pero se obliga a su “mano invisible” (según la inevitable explicación de Adam Smith) a convertirse en observable, medible y controlable para el beneficio común del conjunto de los contratantes que, en esta situación, no puede ser sino el conjunto de la ciudadanía.
 
     Explicar las razones por las que nuestros gobernantes han roto este contrato es tan fácil y evidente en estos momentos que parece casi pueril. No hay que buscar apenas para encontrarse con declaraciones, actitudes y hechos que demuestran que éstos han dimitido de la preponderancia política, segura y lamentabilísimamente porque su simonía ya no les permite pensar en términos políticos, sino, con exclusividad, en términos económicos. Jacinto Pereira, Manuel Chaves y Rodríguez Zapatero, cada uno en su diferente nivel de responsabilidad, son ejemplos perfectos de ello (que estos tres nombres sean de gobernantes socialistas es sólo casualidad, triste casualidad, y no descarta en absoluto, que si residiera en la Comunidad Valenciana los dos primeros nombres y siglas políticas serían diferentes). No les hemos contratado para que repartan miserias, eso lo lleva haciendo la Iglesia Católica dos milenios, con más eficiencia seguro, les contratamos para que repartieran riqueza, la riqueza que no reparte el mercado y que debía de repartir la política. Sin embargo, en una espiral inenarrable, atrapados por esa riqueza y por el vudú de los “nuevos ricos” han caído en la cuenta de que nada funciona mejor que el mercado (la compraventa donde siempre manda el más fuerte), para ellos, para sus familias y para sus amigos. ¿Cómo sino iba a ganar Jacinto Pereira mucho más de 60.000 euros anuales, cuando el sueldo de un profesor de escuela, su anterior trabajo, no llegará ni a la mitad? Los gobernantes de nuestro contrato, o lo que es mucho peor, los políticos en general se han convertido en el problema. Un problema tan grave que puede hundir a un país en un santiamén. Lo han hecho, por ejemplo, hace muy poco tiempo con uno de los más ricos y prósperos del mundo: Argentina, lo están haciendo con Grecia en el mismo momento en el que ustedes leen estas palabras, y …
 
     Es decir, merced al contrato les convertimos en guardianes de la granja y ellos han acabado creyéndose dueños, y comiéndose a todo bicho viviente que por allí circulaba. Ahora ellos están orondos y nosotros nos hemos quedado sin granja y sin animales. Los términos del contrato eran palpables: ofrecimos la preponderancia a la política para controlar al mercado, sin embargo, los actores de esa preponderancia: los políticos, se han aliado con el mercado para traicionarnos. Las consecuencias las conocemos todos: una vez que los políticos se han vendido al mercado y se han dejado corromper por él hasta límites vomitivos, aquél, el mercado, ha venido a exigir ahora su lugar y su precio con la violencia que caracteriza a las “manos invisibles”. Así que cualquier nuevo contrato social debe comenzar, inevitablemente, por limitar de forma drástica el poder omnímodo de los políticos, y su número innecesario y multiplicado. Esta es, por tanto, la primera estipulación del nuevo contrato social que necesitamos: el mercado no es de fiar, pero los políticos tampoco lo son y contra más poder tengan ambos peor nos irá al conjunto de los ciudadanos. Es lamentable tener que estar de acuerdo con La Boétie cuatro siglos y medio más tarde.

Jugar a perder

In Filosofía (barata) on enero 9, 2011 at 1:49 pm

     Hace unas semanas tres señoras encantadoras me comentaron que estaban enganchadas a esta ciberbitácora, que eran fieles seguidoras de ella. Me sorprendieron, sobre todo porque en esta sociedad en que vivimos no es fácil verbalizar palabras amables y simpatizar con compañeros circunstanciales de viaje. Como aparentaban rondar mi edad, más o menos, esta entrada se la dedico a ellas porque la entenderán perfectamente.
 
     Lo más hermoso de esta vida, sin duda, es que nadie sabe lo que pasará mañana. Quizás apoyados en herramientas absurdas, en experiencias pasadas, en matemáticas inventadas, podamos hacer predicciones generales y en esos términos, en términos generales, se cumplan algunas, o quizás se cumplan bastantes durante un corto período de tiempo, pero en lo que atañe a cada uno de nosotros individualmente, a nuestros quehaceres, a nuestras labores mundanas (cómo me gusta esta palabra, Dios mío, que aprendí de Marvin Harris) la duda es el estado permanente del alma. Desconfió severamente de los que predican verdades absolutas y eternas, inmutables, de los que asperjan certezas seculares, y, por encima de todos ellos, de los filósofos del ego cargados de testosteronas triunfantes. Por eso, para cualquier lector atento, la bitácora siempre está llena de adjetivos (posible), adverbios (quizás), verbos (creer) … que denotan asaz inseguridad. Lo que para algunos será deficiencia para mí es valor.
 
     Y así es que esta vida de la que hablamos te tiene guardada sorpresas de un día para el siguiente. Cuánto sabrán estas tres señoras de sorpresas y de días siguientes que dibujan, que les han dibujado, vidas insólitas unas horas antes. Más de cien sorpresas parafraseando a Sabina: viejos amores que reclaman derechos caducados, nuevos amores que se queman en hogueras diarias a las que no paramos de añadirle combustible, enemigos que te tienden la mano, amigos que te disparan con Wagner y sus valquirias de fondo, encuentros en la calígine indescifrable, desencuentros impagables con olor a ron … Aquí estoy yo, en uno de estos meandros azarosos del día siguiente, asomado a un farallón desde el que, de momento, sólo se divisan olas invencibles azotando la base. No es que haya que preocuparse demasiado, ya sabemos de olas y de armadas invencibles en el pasado que fueron derrotadas sin entrar en combate, y ya sabemos que habrá otro día siguiente (y si no lo hubiera nada hay de qué preocuparse entonces).
 
     Lo único que de verdad me preocupa es lo que llamo “jugar a perder”. Hay personas especialistas en ello, seguro que todos tenemos ejemplos a mano. Hay momentos en tu vida en los que empiezas a tomar decisiones, algunas decisiones, que sabes que implicarán perder, no tiene mayor importancia porque la vida es duda y es cambio constante de suerte, no se puede, ni se debe si me apuran, jugar todo el tiempo a ganar. La importancia deviene, como casi siempre y con casi todo, con la concatención. Lo que de verdad quiero decirles, al fin, es que yo estoy sumando decisiones que implican jugar a perder y es posible, sólo posible, que acabe perdiendo. Les seguiré contando, señoras.
 
     Por cierto que cuando hablo de ganar y perder sólo me refiero a lo único que de verdad merece la pena en este mundo: la seguridad de intentar hacer felices a los que te rodean cada día para serlo tú. Exactamente lo que hicieron ustedes, señoras, hace unas semanas conmigo.