Pues a fe, señores míos ...

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Clarificación semántica

In Filosofía (barata), Política on febrero 25, 2010 at 4:30 pm

     Escribir en defensa de la intolerancia sólo puede ser obra de un imbécil o de un provocador.

     Ante una frase como ésta, ustedes pueden adoptar tres posiciones:

     1a. Pasarla por alto y no darle ninguna importancia. No me interesa;

     1b. Cuestionarla, o;

     1c. Aceptarla sin más.

     Es, ya se habrán dado cuenta, lo que pueden hacer con cualquiera de las cosas, situaciones o circunstancias con las que se enfrentan cada día. La opción más preocupante de las tres es, no me cabe ninguna duda, aceptarla sin más (1c). Pero, como en el chiste, creo que, esto podrían harcerlo por otras tres razones esenciales:

     2a. Porque se ajusta, como unos buenos calconcillos, a los análasis previos que ustedes ya han hecho al respecto;

     2b. Porque está dicho por alguien que, para ustedes, goza de auctoritas, es decir, de poder aceptado;

     2c. Porque es lo “típico”, lo “normal”, es decir, por pura y dura pereza.

     La opción más preocupante vuelve a ser la última (2c). Acerca de la frase inicial, la mayoría pensará que hay que ser tolerantes, relativos, multiétnicos, multiculturales, que cada uno puede pensar lo que quiera, que hay que ser capaz de escuchar a todo el mundo, … Y lo más sorprendente es que manifestarán estas opiniones aún cuando en su vida privada ejerzan posiciones diametralmente contrarias.

     Movido por una anotación de Carlos García de Castro, autor del blog NOTÓN 2.o, he leído el libro En defensa de la intolerancia de Slavoj Zizek. No me ha convencido Zizek de que las ideas de la clase dominante no sean, en todas la épocas, las ideas dominantes. Por dos razones sobre todo: en primer lugar, el cuestionamiento que hace Zizek es en términos de cambio histórico. Según su ejemplo más claro, el Cristianismo llegó a convertirse en ideología dominante incorporando algunas ideas básicas de la clase no-dominante en su época, de los oprimidos. Pero aunque esto sea cierto, que lo es, como en el caso de la burguesía revolucionaria de la Edad Moderna, o del fascismo en el primer tercio del siglo XX, lo importante no es cómo llegó al poder de ideología dominante (que, en alguna medida, siempre debe contener elementos diferenciadores de la ideología dominante a la que intente desbancar), sino cómo actuó cuando lo fue: imponiendo tales ideas; en segundo lugar, nunca, en ninguna época, la ideología dominante es la ideología única, siempre hay, como demuestran los volúmenes de Menéndez y Pelayo, heterodoxos incluso en las situaciones más complicadas.

     La palabra tolerancia se ha convertido en un concepto. Por cierto que no todas las palabras tienen la enorme suerte/desgracia de convertirse en concepto, ¿o sí?.

     Permítanme una pequeña digresión: aunque no en su significado etimológico, la palabra tolerancia es de carácter religioso y se define exactamente en el sentido de afirmar la libertad de culto. Así lo hace Locke en su famosa Carta sobre la tolerancia y así lo recoge el “Acta de Tolerancia” promulgada por el Parlamento inglés en 1689.

     Un concepto no, nunca, de significado gratuito. Zizek explica el magnífico caso de la palabra “solidaridad”, elegida por la principal fuerza opositora en los antiguos países socialistas de la Europa oriental. Así sucede con todos los conceptos que maneja la sociedad ortodoxa. Vayamos a buscar ejemplos en estos días para ver si lo entendiésemos mejor. Están muy de moda las palabras “pensión” y “prestación por desempleo”. La ideología dominante, una mezcla de capitalismo colonialista globalizado y de para-política o post-política (ambas expresiones utilizadas por Zizek y absolutamente ciertas aunque el partido gobernante se llame “laborista” o “socialista”), hace ya tiempo que se apropió de sus significados. No hay más que escuchar a cualquiera de nuestros políticos en cualquier día y en cualquier declaración al respecto para entender que el significdo que han conseguido universalizar es el de “gracia”, “concesión gratuita”, “afabilidad”, “benevolencia”. Todos les estamos agradecidos (agradecidísimos) al Sr. Zapatero, personificación del Estado, porque nos mantiene las prestaciones de desempleo y las pensiones. Bien, cuando se ha aceptado esa interpretación ideológica, no hay ya batalla que librar. Con la semántica se ha regalado también la lucha. Bastará que los mercados financieros elijan una oportunidad para obligar a la política (en realidad, en este sentido, inexistente) a endurecer las condiciones y todos aceptemos, de más o menos buen grado, que la culpa de tener que trabajar más por menos dinero es que no nos morimos lo suficientemente pronto.

     Pero intentemos una clarificación semántica. Arriesgémonos a situarnos en la posición 1b. La pura realidad es que nuestra prestación de desempleo y nuestra pensión no es una gracia de ZP (ni de ninguno de los que le han precedido ni le seguirán), ni del Estado, es un derecho personal (y social porque es fruto de un contrato social) para el que cumplimentamos deberes con creces y por el que pagamos sobradamente. La pura realidad es que ponemos esos deberes en manos de unos políticos (en la post-política se han convertido en gestores) que lo derrochan (encima malos gestores), que lo dilapidan, en gran parte en proporcionarse ellos mismos gracias feudales, y que, después, nos dicen que no hay recursos suficientes. La pura realidad, entonces, es completamente diferente, es que nos han mentido y robado.

     Si consiguiésemos universalizar esta diferente idea estaríamos en vías de cambiar la ideología dominante. Y entenderíamos que defender la intolerancia es una magnífica provocación.

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PIGS

In Actualidad, Política on febrero 9, 2010 at 11:05 am

     Para que después nos creamos que en Andalucía es donde están los tipos con más gracejo y ocurrentes del mundo. La palabra inglesa pig (pigs en plural) significa cerdo (cerdos) en castellano, pero últimamente, merced al humor de algún redactor del The Financial Times londinense, se ha convertido en un acrónimo, en unas iniciales. Las iniciales de los nombres de cuatro países: P = Portugal, I = Irlanda, G = Grecia y S = España. No me negarán que la ocurrencia tiene su gracia, y si no fuese porque nuestro país forma parte de una de las letras seguro que nos descojonaríamos de la risa. Pero claro, estando en el acrónimo, maldita sea la agudeza del redactor y de la palabra.

     He leído, desde la semana pasada, noticias e informes en el diario El País (siempre cito este periódico porque es el menos sospechoso de atacar a los socialistas indiscriminadamente) que sólo porque no son de general conocimiento se explica que no hayan producido algún tipo de revolución o de levantamiento popular. Créanme cuando les prometo que no tengo nada de adivino y que cuando redacté la anterior entrada, hace sólo 10 días, no esperaba, ni suponía siquiera, que el empeoramiento de las circunstancias iba a ser tan fulgurante. Allí hablaba de “situación potencialmente explosiva”, ahora pueden ya borrar la pequeña duda que el adjetivo potencial conlleva. Nuestro presidente del gobierno se ha topado con alguien, o algo, al que no le puede mentir, al que no puede embaucar, al que no le valen discursos mitineros altisonantes, al que le importa un pimiento su magia y su optimismo; se ha topado con alguien, o algo, que no cree ninguna promesa, que es pragmáticamente bíblico: “por sus hechos los conoceréis”, que es desagradable, seco y bronco. Zapatero se ha topado con “los mercados”. Adam Smith definió hace más de dos siglos el monstruo que ha frenado a Zapatero y lo llamó la “mano invisible” del mercado (nuestra época posmoderna nos ha llevado a complicarlo añadiéndole una “s” de plural).

     Todos los que son algo en el PSOE han recibido un dossier con la argumentación que deben utilizar para explicar el tema de las pensiones, incluyendo a los alcaldes más importantes. No sé si nuestro alcalde, el Sr. Pereira, lo habrá recibido y dudo que con los problemas propios que acarrea salga a hacer didáctica de la macroeconomía. Si fuese el caso, le oiríamos hablar del aumento de la esperanza de vida, del envejecimiento de la población, de que el problema no es para mañana sino para dentro de 30 años, de que la actual calidad de vida nos permite trabajar más con menos esfuerzo, de la responsabilidad de los socialistas, … Patrañas, patrañas y más patrañas. “Los mercados” financieros están exigiendo a Zapatero, ¡ya!, que ponga en marcha un plan (ni siquiera que lo explique) para rebajar el déficit público que consideran que se ha desbocado. Así son “los mercados”: el paro, la gente, los individuos, les importan una mierda, lo único relevante es que España necesita dinero, mucho dinero, para sufragar ese déficit y ellos, “los mercados”, que son los que lo tienen, no están dispuestos a darlo porque no se fían, y si lo dan lo hacen con unos elevadísimos intereses que sólo sirven para ahogarnos aún más. Punto pelota. Es toda la explicación.

     ¿Cuáles son, entonces, las actuaciones (ya hemos dicho que palabras no valen) que tranquilizan y convencen a dichos “mercados”?. Simple: si usted está gastando más de lo que ingresa le dejaré el dinero cuando corrija esa situación, gaste menos e ingrese más. Y aquí justo es donde volvemos a encontrarnos con el truhán de Zapatero. Primera opción: ingresar más. Complicado porque los impuestos no se deberían tocar en una situación de crisis profunda. Todo el dinero que “quitemos” a los contribuyentes será dinero que no tienen para gastar que es lo que necesita la economía. Aún así ha suprimido los 400 euros de desgravación (que prometió para toda la legislatura y que es la causa de que algunos pensionistas estén este año cobrando menos que el año pasado), va a aumentar el IVA en el verano y no descarten subidas de impuestos indirectos. Segunda opción: gastar menos. Ésta es la verdaderamente importante. Señalado en bloques homogéneos, el primer gasto más abultado de un país como España lo constituye la administración, el segundo las pensiones (¡ah voilà!, ¿van ustedes entendiendo?). Intentemos convencer a “los mercados” ahorrando en este gasto descomunal, proponemos jubilar al personal más tarde (la primera propuesta remitida era a los 70 años) y pagarles menos (cálculo de los últimos 25 años en vez de los 15 actuales). Pero claro, como es normal, el personal no está por la labor. No está por la labor de tener más hijos, ni de morirse antes, ni de trabajar hasta que se muera, ni de cobrar menos por todo ello. Malditos bastardos. Menos está dispuesto a hacerlo por “los mercados” y por una desaceleración económica (¿a que ya no se acordaban de esta explicación de hace sólo un año?). Y mucho menos debería estarlo si no se mete mano al primer bloque (la administración) que es donde están los amiguetes y los cientos de miles de tíos que en este país cobran magníficos sueldos por tocarse los cojones.

     Resumiendo. Según el diario londinense (altavoz de “los mercados”. ¿Por qué, sino, va una ministra española a explicarle a un periódico inglés, en persona, lo que quieren hacer?) los países que forman PIGS están en una situación cercana al caos y al final lo pagaremos todos, por eso nos llaman cerdos. No se equivoquen porque “los mercados” se llevarán el gato al agua seguro. Así que prepárense para mayores impuestos, para recortes sociales, para menos inversiones estatales en carreteras, en hospitales, en colegios, … para más desempleo y para más crisis. Y, por si todo ello fuese poco, para no parar de escuchar mentiras de nuestros gobernantes, porque és obvio que ellos seguirán pluriempleados en las administraciones y ninguno renunciará a sus privilegios.