Pues a fe, señores míos ...

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Corra el tiempo y suceda lo que quiera

In Cultura on diciembre 30, 2009 at 11:00 am

     Esta será la última entrada de 2009 y, como el año pasado (Sobre la bibliografía), quería que fuese algo especial. Así que he comenzado a dudar sobre si incidir en los aspectos que más me interesan en esta bitácora (levemente apuntados en el “editorial” y abundados en la entrada reseñada), o ponerme a buscar lo/s sucedido/s más importante/s de este año y subrayar algo al respecto. Me ha llevado muy poco tiempo la reflexión  porque ha quedado suspendida en el primer mes. Enero.

     Hace apenas cincuenta y pico días, a primeros de noviembre, murió Francisco Ayala y en uno de los cortes que pusieron en las noticias apareció diciendo algo así: “no entiendo por qué la gente le tiene miedo a la muerte, si hay que morir” (perdón por la presumible inexactitud de la forma). He decidido hablar de la vida. Y, hace ya tiempo, cada vez que quiero hablar de la vida me siento en la obligación de hablar con dos viejos amigos de extraños nombres. A uno le conozco a través del otro y, a ambos, sólo por lo que escriben. Aunque, ahora que lo pienso, es, en realidad, como a algunos autores de blogs afectos. Estos amigos son Epicuro y Lucrecio. Y en su extensa poesía sobre la naturaleza de las cosas dejaron una frase, en medio de otras maravillas, que debería servirnos de reflexión cada día, aunque fuese brevemente:

la vida es el infierno de los necios

     No es ninguna boutade, ninguna proclama al hedonismo, no está escrita por dos imbéciles enfrascados en el disfrute de la felicidad indecente. No. Es una reflexión serena y cargada de conocimiento, muy discutible (lo que la hace magnífica) pero rotunda. Cualquier pequeño tiempo que le dediquen les llevará muy lejos.

     Quizás a este año pudiese calificarlo, sin mayor escrutinio, como horribilis: en aquel mes de enero murieron mis dos padres y yo, después de 23 años seguidos de trabajo, elegí el paro. Seguro que Annus horribilis no sería mala designación. Pero sí sería inexacta. Relean la frase, ut supra, bajo esta perspectiva.

     Hace sólo unos día repasaba un breve texto de Cicerón: Pro Archia. Es un discurso pronunciado en defensa del poeta Aulio Licinius Archias, que fue acusado de falsa adopción de la ciudadanía romana. Su mayor interés reside en que está considerado como la primera defensa de la importancia de las artes. Y entre ellas destaca la poesía, la escritura. El más grande pensador latino de la República declama una encendida apología de la escritura y de las artes. Así que su estudio y su práctica, viene a decirnos Cicerón, no es sólo un bien privado sino un bien público que vitaliza todos los rincones de la comunidad. No es casualidad, como señala ARBEA, 397, que los humanistas del Renacimiento, empezando por Petrarca, tuviesen este discurso en gran aprecio. Muchos de los lectores de esta ciberbitácora son, a la vez, autores y esta entrada es un grito a la exigencia de su escritura, porque cada uno de sus textos, sobre cualesquiera temas, es una lluvia fina que hace mejor a nuestra sociedad, además de, por supuesto, hacer bien a sus creadores.

Corra el tiempo y suceda lo que quiera

     Esta frase de Macbeth (escena III del acto I) podría complementar la reseñada de Epicuro y Lucrecio, por eso la he elegido como título de la entrada. Tampoco es fácil de descifrar en un suspiro, porque la pronuncia un hombre que estaba “creando” el futuro y no era sufridor pasivo del momento.

     Unan entonces las dos y vivan, escriban, cultiven las artes. Griten. Estén alerta.

     Gracias a todos los que pasean por aquí, felicidades para 2010 y para siempre.

Dido, los lekythoi y Borges

In Arte, Cultura on diciembre 18, 2009 at 3:57 pm

     Soy un impenitente de “El lamento de Dido”. Lo reconozco. Desde que la aconsejara José Manuel (“Prometo“), en la primavera de 2008, nunca pasa excesivo tiempo sin que la pantalla de mi ordenador cargue la versión colgada en YouTube de Jessye Norman. ¡Dios mío, no puede haber una reina africana más sobresaliente!.

Jessye Norman

     “When I am laid in earth … remember me“. Es un grito telúrico que puede rastrearse desde Altamira o Lascaux hasta cada uno de nosotros. Por tal, creo, esta música puede llegarnos al alma, porque en una parte ignota de ella sabemos que es nuestra naturaleza y que, alguna vez, habremos de tararearla: cuando muera, recuérdame. Por ella, desde hace miles de años, se constuyen tumbas y mausoleos, se labran estelas y lápidas, se pintan cielos e infiernos. Por ella fue condenada Antígona.

     Al tiempo, me aseguro incapaz de recordar la veces que me he leído los 33 poemas que arman “Fervor de Buenos Aires”. Pero siempre me provoca un escalofrío parecido este verso inmortal y alabastrino: “No arriesgue el mármol temerario …”. ¡Qué hermosura!. Cuántas veces, estúpidamente, he intentado prolongarlo:

     – “… arquitecturas siempre efímeras”,

     – “… procaces desafíos al tiempo y al silencio”,

     – “… esperanzas eternas”.

Monumento sepulcral

     Sería magnífico epitafio sobre la tumba de Dido: “No arriesgue el mármol temerario …”, firmado por Eneas aunque éste, contra la opinión de Antígona, prefiriese los deberes del Estado a los de su conciencia, “… y el mármol no hable lo que callan los hombres”.

     Y, por último, están los lekythoi, un tipo de cerámica griega de los más abundantes en la actualidad por mor de su extendido uso como presente funerario. En realidad, según las fuentes, la palabra griega lekythos (plural lekythoi) define algo mucho más amplio: un recipiente para contener aceites y/o perfumes, bien sea para los atletas, para la cosmética, para la cocina, … Pero, dentro de los tres tipos que definieran Richter y Milne (SNAV, 15), existe uno muy especial con forma alargada, boca y labio grueso en forma de pequeño contenedor, cuello largo y estrecho, hombro amplio y ligeramente cóncavo, una sola asa que une hombro con cuello, cuerpo cilíndrico y un pie en forma de disco. Y, sobre todo, pintados con fondo blanco. En la imagen inferior se muestran dos espléndidos ejemplares del Museo de Atenas que tienen casi medio metro de alto (y por ello cabe poca duda de su intencionalidad votiva) y se datan hacia la mitad del siglo V a. de C.

Lekythoi en el Museo de Atenas

     El de la derecha es uno de los más famosos de la historia del Arte. Representa, con una sencilla delicadeza a un hoplita despidiéndose de su amada. Posiblemente el guerrero murió en el combate y su amada quiso recordarle ofrendándole un lekythos que escenificara su último encuentro, su despedida. ¿No ven ustedes aquí a Dido y a Eneas?. Por fin, este vaso ceremonial sería colocado junto a la estela de mámol del difunto, como muestra el ejemplar de la izquierda. Y los versos de Borges cerrarían el círculo.

Aute: el nuevo Nostradamus cultural

In Internet on diciembre 12, 2009 at 11:18 am

     Cuanto tiempo ha pasado de aquel “Aleluya nº 1”, compuesto por placer y quizás sólo temporalmente entre pinceladas de pigmentos. Y cuanto tiempo ha pasado desde que, “Pongamos que hablo de Madrid”, un músico enclenque de Úbeda cantaba en un garito subterráneo de la capital de España. Quizás ambos compusieran estas canciones pensando sólo en hacerse ricos y famosos, o quizás las compusieran sólo por amor, por placer, o por necesidades del alma. No lo sé. Pero que decrépito es el tiempo.

 Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

 

     Que miserable.

     De creador a tarotista por un puñado de euros.

     En cinco años esto de la cultura se ha acabado, predijo Luis Eduardo Aute hace unos días frente al Ministerio de Industria en Madrid. Aleluya. Porque ya no se gana dinero haciendo cultura y la consecuencia obvia es que si no se gana dinero (mucho, mucho dinero) no se hará nada. Deduzco que quiere decir que él no hará nada (ni ninguno de los artistas que se encontraban a las puertas del mismo Ministerio) porque, sea lo que fuere, él lo hace por dinero. Cuanto tiempo ha pasado del amor al arte de “Aleluya”. Cuanto tiempo ha pasado de la importancia de “hacer música”, a la importancia de que la música te sirva para aumentar indecentemente tu cuenta corriente. Pero, me pregunto, cómo sabe Aute que no hay otro Autecito (es posible que él lo llamase autista) ahora mismo haciendo música por enamorar a una mujer, o por culminar una noche de borrachera, o tras leer unos sonetos de Quevedo. Cómo puede ignorar que la música se inventó muchísimo antes que el euro. Cómo puede mentirnos si sabe que millones de africanos, con dietas miserables, hacen música todos los días, y millones de adolescentes, con granos en la cara, se desviven por escribir poesías cada atardecer.

     No sé si las profecías de Aute-Nostradamus me producen indignación o desasosiego. Pero hoy no quiero escribir sobre el canon, sobre las copias privadas, sobre el copyright, ni sobre euros. Hoy sólo recuerdo algunas anécdotas.

     En enero de 2005 fuimos a ver “Tres hombres y un destino”, una obra de teatro protagonizada por José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González. Antes de comenzar la función nos anunciaron que el actor Juan Jesús Valverde sustituiría a Agustín González que había contraído la gripe. Desgraciadamente un par de semanas más tarde falleció aquejado de neumonía. Este señor, Agustín, que representaba una obra de teatro cada día hasta dos semanas antes de su muerte, vivió dignamente haciendo lo que le gustaba. ¿Cómo es que a los actores de teatro no les afecta la piratería?, ¿no son ellos artistas, ni el teatro es arte?, ¿o es que Aute-Nostradamus no se refería a este arte, porque en éste hay que trabajar todos los días?.

     Hace unos días estuve en la Biblioteca del rectorado de la Universidad de Sevilla ojeando un libro de Eric Hobswaum, un excepcional historiador británico casi centenario. La bibliografía de Hobswaum es eterna y yo sólo tengo un libro suyo en casa: La Era del Imperio, pero he leído varios más. ¿Dónde?. En diferentes bibliotecas de España, gratis. Es posible que esté equivocado, pero nunca he escuchado a Hobswaum llamarme pirata por esas lecturas. Ah, además de escritor ha sido profesor universitario durante cincuenta años.

La oligarquía de la muerte

In Filosofía (barata) on diciembre 2, 2009 at 4:45 pm

     Me hubiese gustado la prometida apertura de un debate en la pasada “II jornadas sobre memoria histórica” (por qué el plural) celebrada en Gerena el pasado 26 de noviembre. Fundamentalmente, como casi todas las cosas que te pasan en la vida, por un motivo muy personal. Aparte de otros miembros de la familia, mi madre fue una víctima de la violenta represión de las tropas amotinadas: la encarcelaron y la torturaron durante algunos días (que fácil es utilizar el adjetivo indeterminado “algunos” ahora, pero que terrorífico debió ser contabilizar cada unidad de tiempo de ese adjetivo entonces). Estuve en la jornada, lo que por cierto no sé si me convierte en “rojo”, en “demócrata”, en “no de derechas” o, simplemente, en “aburrido”, pero fui preguntándome para qué. Y repito, me hubiese gustado trasladar mi duda a los asistentes. No es que no tenga ciertas respuestas a esta pregunta, sino que cada una de ellas está cuestionada por otros posibles argumentos que me parecen razonables. Y, esta es la cuestión personal, como no soy capaz de encontrar seguridad en mis pensamientos al respecto opté por dos alternativas, siempre plausibles: obviar la seguridad y acudir con las incertidumbres a mis compañeros en busca de mejores respuestas si las hubiere.

Durante un breve período de comienzos de este siglo pudo parecer necesario cortar los lazos con el pasado, adoptar una actitud hostil hacia él. El que los futuristas juguetearan con la idea de quemar el Louvre puede interpretarse como un deseo de reaccionar violentamente a una situación asfixiante, en la que todo impulso vital estaba ahogado por un uso equivocado del pasado.

 

     Esta cita pertenece a un libro de, al menos, obligado conocimiento para los interesados en el arte: El presente eterno: Los comienzos del arte, de Sigfried Giedion (GIEDIONI, 23). Se refiere a los inicios del siglo XX y el subrayado es mío. ¿Puede que nos estemos equivocando?. Hace ya tiempo transcribí el primer capítulo de El traslado de A.H. a San Cristobal, en el que Steiner se pregunta “¿por qué abrir viejas heridas?” (STEINER, 171). Pero no está aquí el sentido de mis reflexiones. Yo sí creo que hay que abrir viejas heridas cuando sea necesario, cuando es justo (omito la discusión cínica sobre las diferencias entre justicia y ley) porque, asegura el mismo escritor, “la ley es una totalidad ontológica básica para las instituciones humanas y capaz por lógica interna de comprender todos los fenómenos humanos” (STEINER, 153) y es, por tanto, irrenunciable en el espacio y en el tiempo. Mis dudas están más al lado de Giedion. ¿No estaremos propugnando un uso equivocado del pasado?.

     No sería extraño. Ni Giedion el primer intelectual en avisarnos: con la alucinante frase “… es la antigua verdad de que la muerte siempre manda sobre la vida” terminó Schumpeter un magnífico libro sobre el imperialismo (SCHUMPETER, 105); Marx avisó mucho antes que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (MARX18, 11); y en un párrafo que me encanta, y da título a esta entrada, Ortega y Gasset dejó sentenciado que “los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte que nos oprime” (OyGmed, 81). Schumpeter, Marx, Ortega, … y otros, nos han avisado sobre esa camarilla con lazos de sangre cuyo único interés es la supervivencia cuando, lamentablemente quizás, ya no existen. Y el pasado, ni fue mejor, ni debería nunca ser eterno.

     Como es obvio, no me estoy refiriendo a un potencial, y miserable, uso partidista de la cuestión. Si el único interés consistiese en agraviar a un partido u otro por supuestas afinidades a la Historia me parecería, no sólo una prostitución de cualquier memoria sino, un ejercicio nauseabundo. Quiero ir bastante más allá por supuesto. Quiero plantear el problema desde el punto de vista de la oportunidad de la acción política. Incluso, en un paso hacia el abismo, desde el punto de vista de nuestra legitimidad.

     Sobre la acción política y su oportunidad, o no, creo que nos deberían espolear las opiniones citadas. ¿Qui prodest? todo este vendaval de memoria.

     Sobre nuestra legitimidad para preocuparnos socialmente por el asunto tengo también serias dudas. Mi madre, todos los represaliados, y aún la inmensa mayoría de los que siguen vivos, han enterrado ese pasado. Lo hicieron, a sabiendas o no, conscientes o no, en el año 1975 y siguientes. Ellos no quisieron atender a sus “generaciones muertas” y no quisieron convertirse en la oligarquía de la muerte en que nosotros, quizás, nos estamos empeñando.

     Quede repetido, en cualquier caso, que en estas casi mil palabras, apenas conviven un par de certezas.