Pues a fe, señores míos ...

Archive for 27 agosto 2009|Monthly archive page

De trenes en marcha y relatividad

In Cultura on agosto 27, 2009 at 3:47 pm

     La noción que me sugirió esta entrada es una de mis frases preferidas para el caso y la he repetido insistentemente. Tiene que ver con la importancia de los individuos en la Historia versus la masa, las clases sociales, o cualquier tipo de grupo más o menos numeroso que se nos ocurra. Pero también está relacionada con la forma como se produce el progreso en la sociedad, e incluso con la relatividad de nuestros conocimientos, nunca dependiente de un factor claro, único y siempre inteligible. Dice así: “Las revoluciones no se hacen sin ideas, pero no son obra de intelectuales. El vapor es esencial para poner en movimiento una locomotora, pero ni la locomotora ni los raíles se pueden construir con vapor” (HILL, 16). Me detendré aquí en la curiosidad de que Christopher Hill utilizase a los trenes como metáfora de su idea. O más bien, en el hecho de que el ferrocarril haya servido como ejemplo para explicar otras dos grandes teorías del siglo XX.

     En realidad, la metáfora de los trenes ya había adquirido un significado de relatividad general, en la literatura científica, tras su utilización por parte de Albert Einstein a principios de siglo.


TURNER.

TURNER. Tren, vapor y velocidad, Óleo sobre lienzo, c. 1844, 91 x 121,8 cm. National Gallery. London.

 

     Para explicar la relatividad del espacio utilizó el siguiente ejemplo:


Me encuentro en la ventanilla de un vagón de tren que está viajando uniformemente, y dejo caer una piedra sobre la vía, sin darle ningún impulso. Entonces veo, prescindiendo de la influencia de la resistencia del aire, que la piedra cae en línea recta. Un peatón que asista a la fechoría desde el terraplén observa que la piedra cae a tierra según un arco de parábola. Yo pregunto ahora: las “posiciones” que recorre la piedra ¿están “realmente” sobre una recta o sobre una parábola? Por otro lado, ¿qué significa aquí movimiento en el “espacio”? (aquí una edición inglesa del libro. La cita se encuentra en la parte I, capítulo 3)

 

     Después siguió manejando la metáfora del tren para explicar la relatividad del tiempo, etc.

     La segunda utilización, de Claude Lévy-Strauss, se produjo en su escrito Race et culture, aparecido por primera vez en la Revue Internationale d’Sciences Sociales en 1971 (yo citaré por LEVYraza). El texto del antropólogo dice así: “Tomando prestada otra imagen, uno podría decir que las culturas semejan trenes que circulan más o menos rápidamente cada uno sobre su propia vía y en diferente dirección” (LEVYraza, 118).


Estación Central de Berlín (Berlin Hauptbanhof). Inaugurada en 2006

Estación Central de Berlín (Berlin Hauptbanhof). Inaugurada en 2006.

 

     Lévy-Strauss explica que la definición de una cultura y la forma de analizarla no es ninguna propiedad intrínseca y objetivable. Al contrario, depende esencialmente de la posición en la que se encuentre el observador, o analista, con respecto a ella. Así que si el analista (llámese historiador, antropólogo, sociólogo, etc.) y la cultura a analizar viajan en trenes paralelos con el mismo sentido, el análisis será completamente diferente a si analista y cultura viajan en trenes oblicuos o paralelos con sentido contrario. El párrafo final de esta comparación, aunque largo, merece ser citado expresamente:


Ahora bien todo miembro de una cultura es tan estrechamente solidario con ella como aquel pasajero ideal lo es de su tren. Desde el nacimiento y probablemente incluso antes -acabo de mencionarlo-, los seres y las cosas que nos rodean adquieren en cada uno de nosotros un conjunto de referencias complejas que forman un sistema; conductas, motivaciones, juicios implícitos que después la educación viene a confirmar por la vía reflexiva que ella nos propone el devenir histórico de nuestra civilización. Nos desplazamos literalmente con ese sistema de referencia y los conjuntos culturales que se forman alrededor de él no nos son perceptibles más que a través de las deformaciones que les imprime. Puede incluso incapacitarnos para verlos (LEVYraza, 119)


     No son dos citas cualesquiera. Se trata, respectivamente, de los padres de la física del siglo XX y del estructuralismo. Y desde que las conozco me ha llamado la atención el uso del ferrocarril para explicar sus propósitos. Dicho está de nuevo, más relativismo y, en este caso con Einstein, Hill y Lévy-Strauss, trenes.

Una (otra) Historia del Arte

In Arte, Gramática del arte on agosto 22, 2009 at 11:01 am

     Imagínense esta proposición: tiene usted un año para impartir un curso sobre la Historia del Arte en la Humanidad. Olvídense del tiempo del que disponen, olvídense de las dudas sobre sus capacidades y olvídense de que tengan, o no, conocimientos suficientes para abordarlo. Olvídense de cualquier pensamiento negativo y concéntrense en la siguiente pregunta: ¿qué haría?. ¿Qué es lo que me parecería, a mí, relevante para enseñar? y ¿cómo hacerlo?.

     No se sorprendan, no se aburran, no se agobien. Esta pregunta se la han hecho muchas otras personas antes que usted, con el arte, con las matemáticas, con la geografía, con la misma enseñanza en sí. Las respuestas pueden ser variadas y, dependiendo de la que escojan, cada una de ellas engendrará, no sólo una manera de educar sino, un tipo de persona educada. En algunos casos las respuestas engendrarán fracaso escolar, en otros casos engendrarán curriculos más o menos espectaculares, y en algunos casos engendrarán auténticos hombres capaces.

     Concentrémonos en el arte. ¿Qué se debería mostrar al respecto?. Creo que lo único verdaderamente educativo pudiera ser sumergirse bajo las formas. Todo lo demás sólo sería caos. La solución que parece más obvia, por lo extendida, no sirve de nada: un repaso, con mayor o menor profundidad, a los cientos de miles de obras de arte esparcidas por el mundo y en el tiempo. Puede que valga para entretener pero es dudosamente pedagógico. Nadie, ni mucho menos los especialistas, recordarán o reconocerán más allá de 10, 50 ó 100 obras de arte con algunos de sus datos asociados: nombre o título, autor, fecha, dónde se encuentra, … Es imposible. Con suerte y si somos lo suficientemente buenos como para no aburrirlos, conseguiríamos que los alumnos reconociesen al final a los bisontes de Altamira, al David de Miguel Ángel y a Las Señoritas de Avignon de Picasso. Y quizás, si elegimos bien los ejemplos para no complicarles la vida, que sean capaces de diferenciar una construcción clásica de una gótica. Y poco más.

 

Perseo. Benvenuto Cellini. Bronce

CELLINI, BENVENUTO. Perseo. Bronce, 1554, 320 cm. de altura. Loggia dei Lanzi. Florencia.

 

     Sin embargo, bajo esta imponente masa de particularidades inabordables existe una argamasa y unos elementos constructivos básicos. De elementos básicos y primordiales como el ladrillo y el cemento pueden nacer infinitud de formas diferentes. Nadie parece pensar que es imposible dominar las decenas de miles de palabras de cualquier idioma, pero es fácil memorizar su vocabulario. Entre los entendidos en arte, como entre los expertos en lenguaje, se habla de “gramática”. La única forma correcta de enseñar arte es enseñar la gramática del arte, las letras que forman el armazón de todos los relatos. Así que la gramática de la pintura sobrevolará, por ejemplo, a Botticcelli y a Rubens pero nos informará de las formas cerradas y abiertas; la gramática de la arquitectura merodeará por el Panteón de Roma o la Catedral de León pero se centrará en explicarnos los muros; … Es seguro que al acabar el curso nadie reconozca de memoria una fotografía del Perseo de Cellini, pero es posible que todos sepan entenderla.

     ¿Está reñida una cosa con la otra, el estudio de la gramática con el de las formas?. De ninguna manera, sólo que es importante empezar toda obra por los cimientos. Los maestros modernos los llamaban preferentemente fundamentos, esto es, los principios sobre los que se pretende afianzar y asegurar algo. Y los fundamentos están en las gramáticas. En estas gramáticas no existe el arte occidental ni el oriental, no existe arte precolombino, o africano, existen, eso sí, respuestas varias a las necesidades concretas de las sociedades y de los genios de cada tiempo, existen ideas y existen medios para intentar concretarlas. Estudiar en detalle Santa Sofía y reconocerla en un diapositiva puede ser apasionante, pero es conmovedor saber por qué es como es y no de cualquier otra forma.

     Con el tiempo intentaré insertar en esta ciberbitácora los elementos gramaticales del arte que yo mismo vaya conociendo y dominando. No será rápido ni fácil, será, sólo, otra tarea.

Pável Florenski (II)

In Relatos on agosto 9, 2009 at 12:22 pm

– Yo lo vi. Sí.

 

     Para cualquier otra persona era apenas perceptible su lánguido hilo de voz y aún más complicado entender lo que decía. Pero yo llevaba meses amoldando el oído a este idioma de brumas y aleteo, así que susurros indescifrables en general se habían convertido en un lenguaje completo para mí. Cuantos monosílabos puedan componerse con las letras del abecedario eran frases armoniosas en mi traducción simultánea. El viaje a España, invitado a morir por un antiguo compañero republicano y exiliado, no mejoró su dicción.

 

– Él no lo vio. Los ponían de espaldas. Arrodillados. En calzoncillos. Todos conocían el final, pero ninguno lo vivió más que una vez. Así que siempre eran novatos.

 

     Yo ya sabía que a mi padre no le gustaba hablar de aquellos años, ni de aquel bosque de Toksovo, en el norte absoluto, entre las heladas aguas del Báltico y las negras del Ladoga. Yo ya sabía que su memoria había sajado aquellas fechas, aquellos lugares y aquellos nombres.

 

– Tardábamos casi una hora en llegar desde San Petersburgo.

 

     Siempre que pronunciaba este nombre emitía un carraspeo en lo que yo traducía como una leve sonrisa avinagrada.

 

– Una ciudad que entonces no existía. Desde Leningrado.

 

     Pero por alguna razón desconocida para mí nunca olvidó a Pável Florenski. Una vez me contó que era él quien había escrito las cartas. Ésas que luego serían las famosas cartas de la prisión y de los campos. Pável no podía porque los prisioneros sólo tenían breves y dispersos momentos para escribir y, además, cualquier tipo de papel estaba sometido al control y a la censura posterior de los comisarios. Únicamente los parabienes y las descripciones generales sobre el estado de salud (siempre bueno) pasaban los filtros. Así que durante años se las estuvo dictando a mi padre. Todo lo relacionado con Pável Florenski le mantenía interesado y en tensión, si es que la palabra tensión era adecuada a un ser moribundo y a un cuerpo ya decrépito. En este verano de 1999, con la silla en la terraza del apartamento frente a la costa mediterránea de Alicante le había comenzado a leer la parte de la encíclica Fides et Ratio en la que se cita a Florenski. Estaba segura de que le gustaría y de que la soleada, pero fresca, mañana le impediría viajar hasta el frío.

 

– Si hubiese tardado un poquito más en disparar se hubiera congelado antes. Era diciembre. El ocho de diciembre. Del año 37. El Padre Pável.

 

     Tomó aire y sonó como si le fuesen a estallar los pulmones,

 

– No paraba de nevar. El gorro de Polikarpov era el único color de aquella mañana. Un plato azul brillante sobre una banda roja, también brillante. Era lo único bonito del uniforme del NKVD. Todo lo demás era blanco o gris. El camarada -otro carraspeo, éste más intenso, es decir una sonrisa más avinagrada aún- Polikarpov se acercó por detrás. Era un funcionario. Sacó la pistola, extendió la mano, disparó a la nuca. El teniente volvió al camión y firmó la hoja de defunción donde ponía la causa: “es sacerdote y no reniega de su rango”.

 

     Levantó la cabeza pero sus ojos ya no reflejaban el azul mediterráneo. Ni siquiera el frío blanco de Toksovo.

 

– No creo que a Polikarpov le importara. Seguramente no sabía a quién estaba matando. Lo cogimos entre los otros cuatro que veníamos en el camión. Lo lanzamos a la fosa común y un poco de nieve revuelta con ramas.

 

     Me pareció sentirle un leve tiritón.

 

– ¿Te acuerdas? –me dijo sin mirarme-. Leímos que había escrito que no se puede vivir sin Dios.

 

     A pesar de la agradable temperatura estaba frío. Casi muerto. Pensé que quizás se pueda vivir con Dios y sin Dios, pero me parecía imposible hacerlo con el NKVD y el teniente Polikarpov tras tus espaldas.