Pues a fe, señores míos ...

Archive for 31 enero 2009|Monthly archive page

El Descendimiento

In Pintura on enero 31, 2009 at 3:23 pm

     No me pasó inadvertida la noticia sobre la digitalización de 14 obras del Museo del Prado realizada por Goggle Earth a mediados de enero (aquí, por ejemplo, la noticia en ABC), aunque no era momento para escribir sobre ello. Quisiera ahora, sin embargo, compartir algún breve comentario al respecto y, sobre todo, alguna idea acerca de una de esas obras. No he visto aún estos fotomontajes de extrema definición pero no dudo que serán fascinantes. Tampoco soy original si afirmo que nada, absolutamente nada, puede sustituir a la visión directa de una obra de arte, una persona, un edificio o un paisaje. Creo, no obstante, que ambas son cosas compatibles y deseables. La visión directa es insustituible, pero una vez visto por primera vez un cuadro, la posibilidad de tenerlo en tu casa, o en la escuela, en gran tamaño y con alta definición puede significar tanto un excelente material de trabajo como de goce estético. 

     En este sentido, nunca olvidaré la primera vez que vi uno de los cuadros seleccionados: “El Descendimiento” de Roger van der Weyden. Entré en una sala relativamente pequeña, rectangular, por una puerta lateral situada en uno de sus extremos. Parecía que la sala estaba vacía pero al girar la cabeza hacia la izquierda sentí algo que nunca más he sentido al ver una pintura. Ocupando la práctica totalidad del testero estaban los más de dos metros de tabla pintados hacía 5 siglos y medio por un flamenco de nombre extraño. No podía apartar la vista del cuadro, el vestido azul de María me atraía como un imán irresistible. La boca entreabierta para respirar con más profundidad y sintiendo los latidos del corazón en el pecho, no sé el tiempo que permanecí allí, prácticamente solo. Extasiado. He de decir ya que, sin embargo, éste no es un tipo de pintura que me entusiasme. Puestos a elegir, los grandes clásicos del Renacimiento, desde Rafael a Durero (ambos con obras también entre las catorce seleccionadas) no estarían entre los primeros de mi elección. Salvo esta obra brutal y perfecta de Weyden que considero, con muchos otros por cierto, como una de las mayores obras de arte de todos los tiempos. 

 

WEYDEN. El Descendimiento. Óleo sobre tabla, cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.

WEYDEN. El Descendimiento (c. 1435). Óleo sobre tabla, 220 x 262 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.

 

     Y es que, si me lo permitís, este cuadro no es renacentista. No entraré, por diversos motivos, en un análisis detallado de la obra (en esta buena página de un profesor sevillano, puede verse uno con profusión de fotografías), pero lo que hizo Weyden hacia 1435 fue una síntesis expectacular entre el arte que estaba empezando a ser olvidado y severamente reprendido (el Gótico), el que era la moda inicial en la península itálica, centro cultural entonces de Europa (el Renacimiento) y el que casi un siglo después vendría a ser un nuevo paradigma de modernidad (el Barroco). La obra es gótica, es decir, medieval, en el amplio sentido que desarrolló Huizinga en su famosísimo libro El Otoño de la Edad Media: por su fondo dorado, por la minuciosidad de los detalles, por el marco y los adornos que lo cierran, … Es renacentista, de forma indudable, por el uso del color,  la composición simétrica, la luz, … Pero qué decimos de la figura de Cristo y de María, de esas curva praxitelianas y barrocas al tiempo. Y qué podemos añadir al pathos helenístico que derrochan los personajes, una de las características esenciales de la obra y que la convierten en un valiosísimo antecedente barroco. 

     El descendimiento es un tema clave en la iconografía cristiana, repetido hasta la saciedad en innumerables obras. Weyden quizás entró de aprendiz en el taller de Robert Campin a la edad de 28 años ¿?, y unos 7 después firmó esta auténtica maravilla inconmensurable, a la que ninguna fotografía ni reproducción le hacen honor. Y la tenemos aquí al lado.

Anuncios

Más quiero rasgar mi firma que mi alma

In Filosofía (barata) on enero 23, 2009 at 10:05 am

     Con estas palabras corrigió Carlos V un error cometido: “que, habiendo firmado un privilegio, le advirtieron que era contra justicia. Y, mandando que se le trujesen, le rasgó, diciendo: Más quiero rasgar mi firma que mi alma”. Lo cuenta Diego Saavedra Fajardo en su empresa 65 (SAAVEmpr, 747). Y está citado como autoridad por el primer diccionario de la RAE, de 1726 conocido como Diccionario de Autoridades, en la entrada “rasgar”. 

     Es curioso que una frase de Carlos V pueda ser vista en 2009 como un curso acelerado de democracia participativa, y que esté directamente enfrentada con el “sostenella y no enmendalla” de los hidalgos españoles del mismo siglo y de tantos políticos actuales. Un nutridísimo grupo de ellos deberían aprenderla de memoria. 

     Pero lo que me interesa de la cita es que permite el inicio de un análisis sobre la coherencia. Del latín cohaereo (co-haereo) = estar pegado, estar unido, ser continuo. Una glosa de Rafael Sánchez Ferlosio que encontré hace días en El País, resume perfectamente lo que siempre he pensado sobre la coherencia: “Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa”. 

     La coherencia tiene buena prensa. La RAE la asimila a la lógica y a lo que es consecuente y el diccionario de María Moliner habla de lo que no tiene contradicciones. Es, pues, un valor positivo y deseable. La opinión más generalizada sobre la coherencia puede estar resumida en este texto de Karl Popper: “La coherencia no basta para establecer la verdad, pero la incoherencia y la inconsistencia permite establecer la falsedad” (C&R, 52). Y así, Julián Marías publicó un artículo en ABC en el año 2000 donde señalaba: “Mostré que España es coherente, más razonable que otros países, en suma, inteligible”. No creo que sean necesarios más argumentos. Sin duda la coherencia es una cualidad innata de las ciencias naturales que los filósofos de todos los tiempos (y el público en general) han pretendido exportar a las humanidades o, podríamos decir, a las ciencias sociales. Pero todo lo que tiene que ver con el hombre es diferente a la naturaleza. 

     Para mí, la coherencia no es necesariamente positiva, o, al menos, no es, no debiera ser nunca, una cualidad estática o inamovible. Ser coherente es una circunstancia que no pertenece al dominio de la larga duración que diseñó Braudel, por eso, a bote pronto, la aseveración de Julián Marías me hace sospechar. Lo que hoy puede ser coherente mañana es peligroso. Pero el problema es que esta alterabilidad está reñida con la definición y con la etimología de la palabra en sí, de manera que yo nunca exijo, ni pido, ni reclamo coherencia a nadie. Primero porque nadie puede, o debe, ser coherente toda su vida. Y la falta circunstancial de coherencia no es incoherente. Segundo porque es uno de esos que yo llamo “atributos de impar”, esto es, aquellos que no puedes adjudicarte tú mismo, ni siquiera la persona más allegada a ti, sino que establece un tercero, “un impar”, quizás “el carasol y los lugares cortos“. 

     Pongo un ejemplo actual y dramático: entre Israel y los palestinos, siempre estaré del lado de Israel por múltiples razones que no son ahora al caso, pero cómo puedo ser coherente en estos momentos y defender a Israel después de estas últimas semanas. Me es imprescindible la incoherencia.

MM y mi padre (y primero, y último, y otra vez el Eclesiastés)

In Relatos on enero 20, 2009 at 11:17 am

     Ya lamento profundamente escribir sobre tantas malas noticias y hacerlo tan seguido. Ya lamento tener que escribir (tras la última entrada publicada) sobre la muerte de mi padre (no, no es un error). Ya lamento que la vida, la suerte, tenga guardada en alguna esquina atracos como el de esta semana pasada. Y lo lamento por mí, por supuesto, pero sobre todo por otros seres queridos que lo han sufrido, quizás, con menos defensas. Pero tanto lamento me harán ser breve. 

     De mi padre sólo puedo decir una cosa: “verba docent, exampla trahunt“. Lo suyo no era el verbo, algo extraño para un andaluz de La Palma del Condado, lo suyo era el ejemplo. Sin palabras y con ejemplos intentó hacernos buenas personas, sin añadir nada. Con uno de sus dos hijos, al menos, lo consiguió de pleno. Yo mantengo dudas razonables. Se escapó como había vivido, sin hablar, sin dar nunca ningún problema, sin protestar, sin molestar, sin querer ser jamás el centro de nada: a las cuatro de la tarde comiendo como siempre, a las seis en el hospital y a la una de la madrugada muerto. Justo siete días después de mi madre, a la sombra de quien siempre vivió. La paradoja da para pensar mucho y para plantearte variadas hipótesis. Yo estuve mucho rato pensando en la canción Mister Cellophane del musical Chicago. Si es verdad que toda tu vida pasa por delante tuya momentos antes de morir tenía, desde hace mucho tiempo, un resquemor con respecto a mi padre: que en ese momento la conclusión final fuera que mereció la pena haber vivido. Mantendré ya esa duda para siempre, pero espero que la mano de mi hermana cogiendo la suya fuese suficiente para convencerlo, porque yo, otra vez, llegué tarde. 

     Punto y aparte. Mi semana personalmente ha sido más especial todavía porque entremedias, el jueves 15, pedí por escrito la extinción de mi contrato en la empresa en la que llevaba trabajando 22 años. Me habían propuesto un traslado a Madrid para ser jefe nacional de ventas y he dicho que no. Después de cómo ha terminado la semanita de marras me reafirmo en mi decisión. No quiero volver a estar nunca en ningún sitio donde no esté a gusto (aunque no soy tan idiota como para confundir lo que yo quiero con lo que sucede en la vida real). Las tres coincidencias de esta larga semana del 10 al 19 de enero de 2009 dan pie, repito, para plantearte y replantearte muchas cosas, alguna, incluso, cercana a la depresión. Pero aquí acaban estas reflexiones. 

     Cuando toda la gente que conozco y quiero empieze a verme a partir de mañana sólo me gustaría recibir abrazos, sin más palabras, sin condolencias, sin pesares, sin caras circunspectas. Miro hacia delante, sé que la diosa Fortuna es esquiva y cambiante como la luna pero no voy a esperar a que me atraque, prefiero ir a buscarla y a preguntarle que qué pasa, que aquí estoy, que no quiero naufragar en su cara oculta, sino navegar en su luz. Voy a hacer más esfuerzo por seguir a mis padres: al ejemplo de enfrentar siempre la vida con la cabeza alta (de mi madre) y al de intentar ser siempre bueno con pocas palabras (de mi padre). No sé qué pasará pero tampoco me importa demasiado ahora. Lo dice el Eclesiastés: hay un tiempo para todo y esta larga semana ya es pasado.

MM y mi madre (y último)

In Relatos on enero 11, 2009 at 11:01 am

     Ayer, hacia las 16 horas aproximadamente, el tiempo miserable y la edad lograron callar a mi madre para siempre (MM y mi madre). Espero que tuviese razón y su alma socialista insobornable esté camino ya de la compañía de su padre y de su hermana con los que hacía tiempo deseaba encontrarse. Si es así, estará feliz. Si no es así, simplemente, le daremos sepultura en los próximos días en el pueblo que la vio nacer hace casi 90 años. Si el Dios en el que ella creía existe, ayer, por fin, le prestó unos segundos de atención entre sus infinitas ocupaciones, después de haberla maltratado en los últimos casi diez años. Con esa resignación de que sólo son capaces los creyentes, estará feliz. Si no fuese así, carpe diem, porque como dice el Eclesiastés (al que volveré en los próximos días) “hay tiempo de nacer y tiempo de morir”. 

     En momentos como éste lo que más me apetece del mundo es escribir. Me recuerdo hace algún tiempo en el entierro del padre de mi cuñado, en el cementerio de Barcelona (un lugar bellísimo por cierto). Todo el mundo en la sala del tanatorio y yo sentado en los umbrales de la puerta escribiendo. Se acercó mi hermana, leyó lo que escribía y se lo guardó. Quizás ahora puedan servirle de ánimo aquellas letras de las que nada recuerdo. No sé si le pasará a mucha gente, pero la acción de pensar para escribir me permite destilar ideas, recuerdos y sentimientos con cierta facilidad. 

     No creo que haya que resumirlo todo innecesariamente, pero me quedo, por encima del cúmulo de vivencias, con la educación y el respeto. Esas dos características suyas que ya señalé y que forman su parte más cierta de mí. Una tercera: el amor extremo por sus dos hijos supongo que la habrá heredado mi hermana. 

     En fin mamá, esto se acabó y sólo siendo un hipócrita descarnado puedo decir que lo lamento. Lo que lamentaba no sabes cuánto, desde hace mucho tiempo, era llegar a verte y no sentirme, como siempre me había pasado contigo, el ser más importante sobre la tierra. Y eso nada más que con el calor de tu cuerpo transmitido en el abrazo y con tu mirada. Yo no creo que volvamos a vernos ya nunca. Pero ahora que has dejado a las dos personas que más querías en este mundo, deseo con todas mis fuerzas estar equivocado y que estés ya con las dos que más quieres en ese otro. 

     Un beso y un abrazo eternos.

Qohéleth

In Cultura, Filosofía (barata), Libros on enero 8, 2009 at 9:23 am

     Qohéleth es palabra hebrea que aparentemente designa el oficio de predicador o al predicador mismo, derivada de la raíz qahal que significa convocar una asamblea. De aquí que Qohéleth sea el predicador que se dirige a una asamblea. Se tradujo al griego utilizando la palabra ekklesiastes que deriva de ekklesia = asamblea de ciudadanos y que dio el latino ecclesiastes = predicador. Así que al vigésimo primer libro del Antiguo Testamento se le llama en castellano Eclesiastés. Este libro, que para algunos se encuentra “en la Biblia por error de los hombres y providencia de Dios”, es el preferido de los agnósticos y ateos. 

     Parece que existe una importante discusión sobre si el libro lo escribió el rey Salomón, como parece desprenderse del mismo texto, o si sólo se trata de una ficción literaria para darle lustre y, en realidad, fue escrito bastante después, hacia el siglo III a. de C. por un desconocido. No es indiferente, por supuesto, que sea una u otra la autoría pero la peor de las opciones no menoscaba su calidad ni su grandeza. En el Eclesiastés, un libro que tiene bastante más de 2000 años y es de rabiosísima actualidad, se encuentran condensadas algunas de las cosas más hermosas que he leído nunca. No es de extrañar que lo relea habitualmente junto con otros clásicos. Y no es de extrañar que en las tres ediciones que tengo actualmente de él se amontonen los subrayados y anotaciones. 

     Modelo e inspiración para cientos, miles, de poetas y escritores de todos los tiempos y todos los espacios, yo anotaré aquí una famosísima utilización que conozco y concluiré con ello la presentación de un libro que puede dar trabajo a generaciones. Leemos en 3, 1 (cito por BIBLIA): 

 

     Todo tiene su momento, 

y cada cosa su tiempo bajo el cielo: 

Hay tiempo de nacer y tiempo de morir. 

Hay tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado. 

Hay tiempo de matar y tiempo de sanar. 

Hay tiempo de destruir y tiempo de edificar. 

Hay tiempo de llorrar y tiempo de reír. 

Hay tiempo de gemir y tiempo de bailar. 

Hay tiempo de esparcir piedras y tiempo de recogerlas. 

Hay tiempo de abrazarse y tiempo de privarse del abrazo. 

Hay tiempo de buscar y tiempo de perder. 

Hay tiempo de guardar y tiempo de tirar. 

Hay tiempo de rasgar y tiempo de coser. 

Hay tiempo de callarse y tiempo de hablar. 

Hay tiempo de amar y tiempo de aborrecer. 

Hay tiempo de guerra y tiempo de paz. 

 

     Con esta serie hermosa de anáforas y aliteraciones, T.S. Eliot construyó una magnífica estrofa, parte del primer poema, del segundo cuarteto, de su obra Cuatro Cuartetos (ELIOTCC, 98-99): 

 

     Houses live and die: there is a time for building 

And a time for living and for generation 

And a time for the wind to break the loosened pane 

     (Las casas viven, mueren: hay un tiempo 

para edificar y para la vida 

y la generación y un tiempo 

para que el viento rompa el vidrio suelto)