Pues a fe, señores míos ...

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Notas al final (nota 5)

In Relatos on noviembre 30, 2008 at 12:59 pm

     5. En más de una veintena de historiadores se nos conserva una sentencia que bien pudiera haber sido el estro del grupo iconoclasta: “partiendo desde la nada, hemos alcanzado las más altas cotas… de la miseria”. Sólo una de estas fuentes nos ha transmitido el nombre del autor como G. Marx y es unánime la opinión, entre los actuales eruditos, de que se trata del filósofo Carlos Marx (la diferencia en la inicial -G por C- se considera absolutamente una corrupción del texto recuperado) que vivió en el siglo XIX y mantuvo un nivel de acusación constante contra el sistema político y económico de su época (sobre Carlos Marx tenemos multitud de escritos que lo atacan ferozmente, aunque sólo una pequeñísima parte de su obra original nos es accesible). Los puntos suspensivos de la sentencia de Marx nos ayudan a entender que era una opinión discrepante con la mayoría y que la palabra final sería justo el antónimo de la que hubiese debido utilizarse. 

     La única leve sombra de duda, que durante algún tiempo mantuvo pequeñas discrepancias, es que sabemos por referencias muy indirectas que durante aquel ámbito existió un grupo, relacionado con el arte cinematográfico, al que se denominaba como “Hermanos Marx” y, sin embargo, de Carlos Marx no tenemos ningún dato que nos hable de su relación con la cinematografía ni de la existencia de hermanos que trabajasen directamente con él. Conociendo que diversas personas de las involucradas en el cine (apócope de uso común entonces) eran expertas en la provocación y en las frases breves y sonoras, hubo estudiosos que calibraron la posibilidad de que la sentencia de referencia perteneciese a ese grupo, o a alguno de sus componentes. Pero como ya he señalado, fue una suposición sin base científica y, por tanto, desautorizada con rapidez. 

     La frase enlaza perfectamente con la personalidad, la filosofía y los intereses que conocemos de Carlos Marx. 

Elí, elí, lemá sabaktani

In Cultura on noviembre 28, 2008 at 9:46 am

     Hace una década más o menos escribí estos versos: 

     Y ahora

cuando me dejes, 

por fin entenderé 

el grito que mató a Jesús el Nazareno. 

     La Biblia es un libro absolutamente apasionante, con infinitos elementos deliciosos. Entre los que más, sin duda, se encuentra una de las frases que gritó Jesús en la cruz y que nos transmiten Mateo (Mt 27, 46): Elí, Elí, ¿lemá sabaktani? y Marcos (Mc 15, 34): Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? = Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (cito por BC, 1260 y 1292). Demos por cierta la frase, demos por ocurrido el suceso (el hecho de que lo cuenten los dos evangelistas más antiguos le da un mayor estatus de credibilidad) y demos por válida toda la versión cristiana. Reconozcamos que hay pocas frases en la Historia como ésta. El hijo de Dios, mandado a la tierra para redimir a los hombres, gritando la desesperación de su soledad. No conozco, ni puedo imaginarme, un desamparo mayor, una soledad más brutal e injusta, una tortura más dolorosa. Por eso el brevísimo poema. 

     Escribo esta entrada inspirado por una interesantísima de Álvaro a la que llamó: “Otra religión es posible“. Y me pregunto, siempre me he preguntado, ¿cómo te puedes fiar de un tipo así? (no de Álvaro sino de Dios). A cuántos padres conocemos que viendo a su hijo salvajemente torturado no fuesen capaces siquiera de estar a su lado. Es más, de abandonarlo cruelmente frustrando todas sus expectativas, porque es obvio que ese grito demuestra que Jesús no esperaba aquello. Insisto, si este tipo, omnipotente y omnisciente es capaz de engañar a su hijo, … ¿qué podemos esperar el resto?. 

     Con estas premisas no deberíamos creer en Dios. Este Dios, evidentemente, no existe, no puede existir, no debe existir. Cómo deberíamos creer que un Dios elegiría como portavoz (por mínima que sea esa portavocía) a un impresentable tan peligroso como Rouco Varela. 

     Y, sin embargo, Dios existe. Un Dios existe. El mismo con el que soñaron los pintores de Altamira y el mismo que inventaron los judíos en una demostración ya arcaica de su genialidad. Los cristianos se dejaron seducir después por el deseo irreprimible de escribirlo todo. Pero sin saberlo la estaban jodiendo. Medio milenio más tarde unas tribus casi sin escritura práctica salieron del desierto para ir a vivir a Damasco y allí, embaucados, cometieron el mismo error. El engaño, gracias a los “Roucos” sin escrúpulos, ha servido durante casi dos mil años (por cierto que a los otros les quedan todavía quinientos), pero sólo era cuestión de tiempo. 

     Y el tiempo se les está acabando. Dos mil años son muchos para un libro, incluso para un libro tan magnífico como la Biblia. La Biblia no es la palabra de Dios (lo que, por cierto, no le quita ningún mérito, ni a la Biblia ni a Dios, sino que se los añade) y no puede interpretar al mundo, ni al de entonces ni, mucho menos, al de hoy. Para no perder a creyentes como Álvaro, quizás los “Roucos” deberían quemar la Biblia (metafóricamente claro) y empezar a predicar que Dios no está aquí con nosotros, ni en ningún libro, que no fue el que dijo o hizo las barbaridades que en ese libro se cuentan, que “sólo” fue el que creó este parque temático y abrió sus puertas. Y quizás, sólo quizás, nos esté esperando a la salida. Todo lo que hacemos dentro, lo que hemos hecho en los últimos miles de años, es responsabilidad nuestra.

Desde donde ahora es primavera

In Relatos on noviembre 26, 2008 at 6:24 pm

     No soy muy partidario de ir haciendo esta ciberbitácora a base del verbo copiar-pegar que Internet introdujo en nuestras vidas. Sin embargo no quiero hoy dejar de romper esta regla autoimpuesta (difícil de testear por tanto) y construir una breve entrada con tres magníficos versos de la amiga del sur que ya he citado otras veces. No puedo resistirme a la belleza y tampoco deseo añadir nada más que pueda desdibujarla. Aquí quedan pues: 

 

Pronto soy toda yo

de pie bajo el cielo, 

materia aparecida de la nada

 

     La poesía completa aquí. Disfrútenla.

Notas al final (nota 4)

In Relatos on noviembre 25, 2008 at 1:13 am

     4. Steiner, George: El traslado de A.H. a San Cristobal*. Este es un raro autor del que conservamos su obra completa. 

     Dice Steiner, en la novela que acabo de citar, que tres veces se había chantajeado a los hombres con la trascendencia y la perfección. Curiosamente, los tres chantajes procedentes de judíos: el Dios judío, Jesús de Nazaret y Marx. Los datos que conocemos hoy, a pesar de todo, permiten intuir que esto que Steiner llama chantaje se produjo en bastantes más ocasiones desde que tenemos conocimientos históricos y, por supuesto, sin intervención de hebreos. Aunque no todos fueron de la misma envergadura. La perversión de Steiner está en la falta de una nota a pie de página donde se resuma que, además del marxismo, todas las ideas, y promesas agibles, que versaron sobre la Humanidad o el Hombre o el Género Humano fueron producto de intereses particulares que necesitaron, en algún momento, de la tiranía, la tortura, la guerra o el exterminio.

     Esta era la situación en aquel ámbito. Al parecer la crisis de creencias, que había empezado varios siglos antes, sólo era comparable al auge del sentido del tacto. Se creía en lo que se podía tocar. Todo lo que no fuese inmediato y tangible era quimérico.

 

* Se encuentra en los Registros Celulares Autoconservables en el control: R.C.Ac. Lit1629430 AXXS (nota del grupo de estudio).

Notas al final (nota 3)

In Relatos on noviembre 23, 2008 at 8:04 pm

     3. Antigua expresión culta que hacía referencia a una construcción filosófica denominada “silogismo” en la que había dos sentencias, o premisas, de las que se extraía una conclusión. La primera premisa, llamada mayor, sería la incuestionable, o universal, y, discutirla, por tanto, cuestionaría las leyes generales del universo. Este es el más famoso de los silogismos que conocemos: 

Todos los hombres son mortales

Sócrates es hombre

Sócrates es mortal  

     Hacía siglos que la filosofía había abandonado este tipo de razonamientos por su inoperancia, pero en la sociedad, en la política, en la economía, en la práctica, era aún permanentemente utilizado. El silogismo, a pesar de su aparente lógica absoluta, es una trampa narcótica. El argumento orbicular puede observarse con un mínimo análisis. La conclusión, en realidad la suma de muchas conclusiones, es la que construye la premisa, aunque en principio debería suceder justo lo contrario. Es decir, sólo sabemos que “todos los hombres son mortales” porque miles de “Sócrates” que ya han vivido han muerto, por eso sabemos que Sócrates es mortal. Pues bien, con este tipo de razonamiento absurdo, pero superficialmente impecable, se mantenía en un altísimo grado de dominio y semi-esclavitud a una gran parte de la población. 

     En el ámbito que nos ocupa una frase como “cuestionar la mayor” perseguía sólo el motín. Si la traigo aquí es no tanto por representar el paradigma de la vieja cultura que destrozó el pensamiento moderno, como por esa capacidad subversiva que se hizo imprescindible para el ámbito y para nuestro autor. No se podrían aceptar silogismos seculares. Todo debía cuestionarse justamente, aunque tras ese cuestionamiento estuviese el abismo, o los bárbaros.