Pues a fe, señores míos ...

Séptimo mar de otoño (para El Bosco)

In Abstracción, Pintura on julio 19, 2008 at 10:49 am

“Lo que vemos es el cuadro traducido a nuestra propia experiencia. Como sugería Bacon, por desgracia (o por suerte) sólo podemos ver aquello que bajo alguna forma o de algún modo ya hemos visto. Sólo podemos ver aquello para lo cual contamos ya con imágenes identificables, del mismo modo que sólo podemos leer un idioma cuya sintaxis, gramática y palabras ya sabemos” 

(MANGUEL, 29). 

 

     Partamos de un acuerdo: un cuadro no se puede explicar con palabras. O dicho de otra forma, cuando una imagen se verbaliza ya no es el cuadro, sino otra cosa: la explicación del cuadro. Como una película basada en un libro no es el libro. Dicho esto, cuando miro el cuadro Autumn Sea VII de Emil Nolde me emociono. Veo en él toda mi esencia, mi infancia. Los colores de las Minas de RioTinto. Una parte esencial de mi alma. Si ustedes viajan a aquella tierra verán este cuadro repetido infinitamente, en cada metro cuadrado de suelo trabajado. Allí están los colores esenciales de la Tierra y del Mundo. Están todas las pinturas, desde Altamira al mismo Nolde. Hace muchísimo tiempo escribí esto sobre lo que es RioTinto: “Sólo Historia, colores y luz. Como una tabloza emborronada por los siglos, donde es imposible considerar manchas semejantes en días seguidos, donde todos los pintores del mundo han esparcido sus pinturas y mojado sus pinceles siempre”. 

 

 

     Pero yo sé que Nolde no pintó RioTInto. Aunque esta circunstancia, sin embargo, no le resta el más mínimo valor a mi sentimiento. Un amigo desconocido vio aquí verano, pasto seco y chicharras. Nolde vio un mar de otoño. Es igual. Ni yo, ni mi amigo desconocido, hemos estado nunca en las costas del mar Báltico durante un amanecer o una puesta de sol. Como Nolde no estuvo jamás en RioTinto, ni en los campos de Gerena durante el mes de julio. Él pintó innumerables veces aquel mar. Y este día de otoño de 1910 observó como las frías aguas y las sempiternas nubes se transformaron con la puesta de sol. Los tonos dorados solares y los rojos de su despedida diaria no sólo mancharon las nubes, sino también las brumosas aguas bálticas, donde reflejaron esa fuerza arrebatada y ese poderío romántico que traduce el cuadro. La magnificencia de la Naturaleza que no necesita nada más para serlo todo. Capaz de convertir el frío septentrional en un cálido y emocionante abrazo, con la mediación de Nolde, de sus colores y de sus pinceles. 

     Por lo que conozco de este pintor nunca volvió a plasmar así el Mar Báltico. Pero ese día lo miró y vio este abrumador cuadro. Lo exacto sería decir que lo sintió. No quería dibujar el mar. Podía hacerlo porque poseía las cualidades técnicas necesarias para ello. Pero no quiso. Lo que deseaba era expresar sus sentimientos en ese preciso momento. Y en esa expresión de un sentimiento profundo podemos coincidir todos. Creo que ya está demostrado. 

     Ahora quizás deberíamos iniciar una amplia disertación razonando que esto se conoce como expresionismo, hablando de las características de este movimiento, citando cuadros y pintores, otras obras de Nolde, relacionándolo con su vida … Y, posiblemente, todo ello nos haría apreciar mucho más a esta pintura. Pero todo ello no es sino accesorio. Lo esencial está dicho. Tres puntos de partida diferentes pero un sentimiento similar. Esto, amigo Bosco, es entender y amar el arte abstracto.

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  1. Interesante explicación querido Limias.
    Acaba de sacudirse el armazón de mi predispoción escéptica frente al arte abstracto, y se están fraguando los cimientos de una nueva forma de entenderlo.

  2. Con este comentario me has hecho feliz. Pero no desfallezco. Gracias a Acordeprometeo he releído a Kawabata y he encontrado esta otra explicación del mismo cuadro:

    “- Cuando terminó la ceremonia de inauguración del periódico bajamos la calle del pueblo que lleva hacia el mar. Había un atardecer arrebolado que parecía que iba a ocasionar un inciendio en cualquier momento. Un color rojo cobrizo cubría los tejados. No olvido que usted me dijo que hasta mi cuello parecía de cobre. Yo le contesté que Yumiura era un sitio famoso por sus atardeceres. Y es cierto, aún no he podido olvidar los atardeceres de Yumiura. El día en que nos conocimos hubo un lindo crepúsculo. Yumiura se llama así probablemete por su forma, pues es un pequeño puerto como un arco que hubiesen trazado a lo largo de la línea de la costa, siguiendo el contorno de la montaña. Los colores del atardecer se recogen en ese cuenco. Aquel día la bóveda del cielo con las nubes revueltas se veía más baja de lo que suele verse en otros lugares. La línea del horizonte parecía sorprendentemente cercana. Era como una bandada negra de aves migratorias que no pudiera traspasar la barrera de las nubes. No era que el color del cielo se reflejara en el mar; era como si el rojo encendido del cielo se hubiera fundido y mezclado totalmente con el agua en ese puerto pequeño” (Un pueblo llamado Yumiura).

    Ya ves, el mismo sentimiento, posiblemente el mismo cuadro (nunca el mismo, parecido), esta vez en Japón, contado por Kawabata y pintado por Nolde.

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