Esta invocación es la más antigua que yo conozco directamente al respecto, y no me proponen las fuentes que manejo ninguna más pretérita. La subrayé, en una edición barata de la Odisea, junto con este párrafo: “y mis combos bajeles se hicieron al mar sólo cuando por tres veces hubimos llamado uno a uno a los tristes que en el campo de los cícones dieran su vida” (ODISEA IX, 64-66). Es casi seguro que el subrayado se debió a que ya conocía la huída de Dédalo e Ícaro del laberinto del Minotauro, cuya trágica parte final, contada por Ovidio, es ésta: “Por su parte el desdichado padre, que ya no era padre, “Ícaro”, grita llamándolo, ”Ícaro”, lo llama a gritos, ¿dónde estás? ¿Y por qué zona del cielo vuelas?, ”Ícaro”, a gritos lo llamaba, y vio las plumas sobre el agua” (OVaa II, 93 y ss.; también en OVmet VIII, 231-233). Y, sobre todo, conocía la nota a pie de página que había incluido Vicente Cristobal López, el anotador y traductor del volumen:
La anáfora triple del nombre propio en una circunstancia fúnebre como ésta, recuerda el rito romano de llamar por última vez a los difuntos (conclamatio), repitendo tres veces su nombre (OVaa, 56, n. 20)
Así que incluí el latinajo en mi “Índice Temático” y hoy, repasando otra cosa, me lo he topado con varios datos más que me permitirán enmarañar esta entrada.
Conclamatio significa “un grito fuerte” o “la llamada de muchas personas juntas” (LD), a partir del verbo “conclamo = vocear” (NDLEE), y su explicación en este contexto no está completamente libre de dificultades, aunque entre las tres que plantea el Dictionary of Greek and Roman Antiquities: un grito aislado tras el fallecimiento; las lamentaciones de los presentes con gritos y exclamaciones, repitiendo el nombre del difunto; y “la llamada al fallecido pronunciando su nombre tres veces, con el fin de asegurarse de su muerte por la falta de respuesta” (DGRA, s.v. funus), nos quedaremos con esta última. Y ello por dos razones esenciales. En primer lugar porque las otras dos explicaciones son tan simples y naturales que no requerirían de una denominación específica. Pero en segundo lugar, y sobre todo, porque ya conocemos que esa triple llamada tiene sus antecedentes en el segundo milenio a. de C. griego, es decir, arrastra una larga historia. Es de notar, en contra de esta opinión, sin embargo, que ni DGRA, ni Daremberg y Saglio (en su monumental obra) incluyen este lema individualizado y que estos últimos traten la conclamatio como una simple apelación al difunto, sin mayor transcendencia (DARSAG, s.v. funus). Otro elemento dudoso es que a la conclamatio se la acompañase, o no, con el toque de cuernos y trompetas, como aparece en la imagen inferior.
Afortunadamente tenemos la ayuda del profesor de filología latina de la Universidad de Sevilla, Daniel López-Cañete Quiles, que en un artículo cita varias fuentes y, sobre todo, varios ejemplos de esa fórmula ternaria: “Algunos estudiosos han considerado que en la conclamatio se repetía tres veces el nombre del difunto. En realidad, las fuentes no nos permiten determinar la frecuencia; sólo sabemos que la ceremonia comenzaba a realizarse desde que se cierran los ojos del muerto repitiéndose a intervalos hasta la inhumación o cremación (…); aunque no hay datos que lo certifiquen, es verosímil que la última conclamatio, efectuada inmediatamente antes de meter fuego a la pira, consistiera en una invocación triple (…). Suele considerarse que, una vez enterrado o quemado el difunto, tenía lugar una última despedida, en la que se pronunciaba el nombre asociado a una fórmula ternaria de adiós” (QUILES, 203).
El formato de la triple invocación se repite por doquier. Aparece otras veces en las Metamorfosis de Ovidio (aparte de la ya citada); aparece, justo al final, en las Geórgicas de Virgilio; aparece en la poesía romana, por ejemplo varias veces en Catulo; aparece en epitafios fúnebres; DGRA señala que se mantiene la tradición en el Vaticano, y los Papas son llamados tres veces por su nombre de bautismo en el lecho de muerte (también está en QUILES, 203); en mi “Índice Temático” tengo anotado, sin fuente y sin confirmar, que desde 1600 a 1800 la comprobación jurídica de la muerte se hacía a través de este sistema, por el que el notario invocaba tres veces el nombre del difunto; en una curiosa novela con la que me topé una vez, titulada The Burning of Rome de Alfred John Church publicada en 1912, leí esta curiosa nota, que tampoco he podido confirmar: “La Conclamatio era una ceremonia en la que el nombre del fallecido se gritaba en voz alta tres veces. Es todavía observada en el entierro de los Reyes de España” (CHURCH, 298, n. 1); …
Así que, aparte de otras posibles teorías (como la de asegurarse de la muerte, expuesta por Plinio el Viejo en su Historia Natural, y puesta en duda por DARSAG), quiero destacar aquí que esta invocación tenía un evidente carácter laudatorio y de honor por la que se recordaba al muerto, se invocaba su bonhomía y se le daba eterna sepultura, un deber casi sagrado en la antigüedad: “… en ellas, dice significativamente Ausonio, la triple repetición del nombre hace las veces de sepultura” (QUILES, 204).
La última utilización que voy a definir se encuentra en Macbeth. En la escena I del acto IV hace Shakespeare un uso extensivo de este antiguo rito. La acción se sitúa en el momento que Macbeth ha decidido ir a consultar a las brujas por su futuro y éstas invocan a una “sombra” para que se lo revele. Dice la bruja 1ª: “Tres veces ha mayado el gato”; dice la bruja 2ª: “Tres veces se ha lamentado el erizo”; repiten todas las brujas (3) tres veces el mismo hechizo: “Aumente el trabajo; crezca la labor; hierva la caldera”; y, por último, cuando aparece la sombra de un niño cubierto de sangre dice: “Macbeth, Macbeth, Macbeth” (cito por SHAKEStp, 205-207).
Es indubitable que Shakespeare conocía perfectamente el rito y su significado. En los tres primeros casos lo utiliza como fórmula de invocación, de honor, a un muerto, a un ser del más allá, y en el cuarto caso como un augurio: de la triple anáfora debe inferirse que Macbeth está ya muerto, como sucederá, en efecto, al acto siguiente. Hermosa y culta prolepsis del inglés.
Es muy interesante la definición de San Isidoro: “Una construcción consta de cimientos, piedras, cal, arena y vigas” (ETIM XIX, 10, 2). El obispo sevillano entiende que la arquitectura se compone de materiales: piedras, cal, arena y madera (lignis en el original, es lo que el traductor llama vigas) y otra cosa, que no es ningún material sino una de las partes de la construcción, los cimientos que, además, denomina con la palabra latina fundamentum, que GTL define así= “Fundamentos, base, cimientos, en sentido general y concreto. Usado habitualmente en plural. Cimientos o fundamentos de una construcción”. La importancia que Isidoro le concede a los cimientos no puede extrañarnos si compilamos la siguiente cita bíblica:
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca (Mt. 7, 24-25)
Por cierto que la VULGATA también utiliza la palabra latina fundamentum en lugar de cimiento que es la preferida para la traducción en BC.
Sin embargo, “a pesar de su importancia funcional, la ingente cantidad de materiales y de trabajo empleados en su construcción y su crucial situación en el proyecto y en el proceso de edificación” (TARC, 31), las cimientaciones no cuentan con la benevolencia de los estudiosos a la hora de considerarlas como arte. No aparecen en GdlA, no aparecen en AdA y, en general, son ignoradas salvo que la publicación sea de carácter técnico o incluya aspectos esenciales sobre la tecnología arquitectónica. No es de extrañar, teniendo en cuenta que los cimientos poseen en sí mismos los argumentos que definen la diferenciación entre la arquitectura entendida como arte y la arquitectura entendida como ciencia. Y es debido, por supuesto, a su singular característica: siendo no ya imprescindibles, sino definidores de la capacidad edilicia, son, sin embargo, la única parte no visible de cualquier construcción. Y difícilmente puede llamarse arte a lo que no puede verse.
Empezamos pues nuestro recorrido por la gramática de la arquitectura con un elemento que es puramente gramatical (está necesariamente presente en toda edificación), aunque muy sui géneris. Lo más destacado que podría decirse de antemano es que, en primer lugar, los constructores de todos los tiempos y lugares han adaptado sus cimentaciones a las necesidades de los edificios que creaban y a los emplazamientos escogidos. Éstos, los fundamentos, han ido normalmente por detrás de casi todas las demás necesidades: de estilo, simbólicas, rituales, … Y, en segundo lugar, que hasta hace muy poco tiempo, el método de trabajo se basaba en la experiencia y en la ciencia de la prueba y el error. Ésto es, métodos empíricos muy alejados de los complicados cálculos teóricos actuales.
Pero no nos engañemos, los cimientos, esta parte gramatical oculta, han sido muchísimas veces determinantes para la visibilidad de los conjuntos edificados. No será necesario insistir en un ejemplo tan evidente como la torre de Pisa, y existen centenares de edificios que han caído, total o parcialmente, y han sido reconstruidos, total o parcialmente, a causa de este elemento. Así que aunque, en efecto, siempre fue, y es, un elemento secundario frente a los alicientes ostensibles, muchas visibilidades muy características se deben a esta parte enterrada y misteriosa.
Intentaré una definición simple para comenzar. Se le llama “Retratos de El Fayum” a un corpus de pinturas, realizadas en Egipto, en su mayor parte sobre tabla, que representan rostros de seres humanos y se utilizaban para colocarlas sobre las momias de los muertos al ser enterradas entre los siglos I y IV. Creo que no se puede ser más conciso sin faltar a la verdad.

Artemidoro (detalle). Tercer cuarto siglo II d. de C. Encausto sobre tabla, 32 x 18 cm. Londres: The British Museum
Les presento, en la imagen superior, a Artemidoro, un ejemplo perfecto de la definición. Artemidoro es el nombre (o quizás el pseudónimo) de una persona real que vivió hacia el año 180 de nuestra era en las orillas del lago de El Fayum, al norte de Egipto. En algún momento de su vida se le hizo este retrato sobre una tabla de poco más de una cuarta y media de alto por poco menos de una cuarta de ancho. Cuando murió, su cuerpo fue momificado y vendado de acuerdo a las antiquísimas tradiciones egipcias y, además, se le modeló sobre el vendaje una especie de ataúd de cartón piedra estucado y pintado, e insertado aquí, en el espacio exacto que ocuparía la cabeza, se colocó el retrato. Así fue enterrado y así fue encontrado por Flinders Petrie a finales del siglo XIX.
Y así puede verlo hoy cualquiera que se acerque al Museo Británico. Como si el ataúd antropomorfo tuviese abierta una ventanita por la que Artemidoro nos saluda desde hace dos mil años. Ahora, con la breve definición y con la imagen podemos hacernos ya una idea bastante aproximada de lo que son los Retratos de El Fayum. Y ahora, por tanto, es cuando nos asaltan decenas de preguntas. Esto es lo que me pasó a mí, al menos, en el mismo momento en que vi el primero.
Las dos más inmediatas deben referirse a la palabra corpus y al topónimo Fayum. El lema “corpus” está definido así en su segunda acepción ”conjunto lo más extenso y ordenado posible” (DRAE), y entonces, la pregunta inmediata es: ¿cuántos retratos hay?. ¡Sorpréndanse!, según el último dato del que dispongo pasan de los 1.000 ejemplares. Por supuesto, no todos completos y no todos en buen estado de conservación, pero no deja de ser un número increible que, por cierto, sigue aumentando.

Montaje con un grupo de retratos, todos ellos del Petrie Museum of Egyptian Archaeology de Londres. Pueden verse de diferentes calidades, estilos y estados de conservación.
Lo de “retratos” es evidente, pero ¿qué quiere decir “de El Fayum?. El Fayum (hoy al-Fayyum, derivado de Pa-yom = el mar, nombre que se le dio durante el Imperio Nuevo) es una depresión natural en la que un brazo del Nilo formó un lago. Allí el arqueólogo inglés William Matthew Flinders Petrie encontró hacia el final de la década de los 80 del siglo XIX los primeros ejemplares excavados in situ. Los retratos se concían desde varios siglos antes, pero a través de ejemplares aislados y por medio de comerciantes locales de antiguedades o viajeros de los que se dudaba. Petrie fue el primero en encontrar en sus excavaciones un número significativo de estos restos y el primero en dedicarles atención, y lo hizo en yacimientos situados a las orillas del lago de El Fayum.
Después se han ido encontrando a todo lo largo y ancho de la geografía del país y en muchísimos otros yacimientos arqueológicos, pero ya no se ha cambiado la denominación. Como señala uno de los estudiosos al respecto en su nota preliminar: “En las páginas que siguen utilizaré , como la mayoría de los autores la expresión “retratos de El Fayum” para designar el conjunto de retratos de momias pertenecientes al Egipto romano, aun cuando la región de El Fayum no es más que uno de los lugares donde se han encontrado tales retratos. Carente de valor científico, esta denominación posee, sin embargo, el derecho que el uso le confiere” (BAILLY, 7).
Los retratos de El Fayum siempre me han emocionado. Ya he señalado varias veces (De Knossos al Pantocrátor, 1. La Tumba I de Vergina. Pintura Griega) que una de mis pasiones, en el arte, es la pintura antigua y, en este sentido, los retratos forman un apartado muy especial. Son excepcionales porque son los retratos más antiguos que conocemos y, junto con los murales de Pompeya, el único conjunto amplio de pinturas que podemos admirar. Son excepcionales por su maravillosa calidad artística intrínseca. Y son también excepcionales por su significación, al reunir elementos importantes de tres grandes culturas antiguas: la egipcia, la griega y la romana. Precisamente por ser egipcios, griegos y romanos, y por serlo a la vez, estos retratos han sido, durante mucho tiempo, mal entendidos y poco estudiados. Los eruditos de estras tres culturas siempre los han considerado extraños y han postergado su estudio, dejándolos para la competencia de otra disciplina. Y, sin embargo, esa comunión de culturas, esa imbricación perfecta de usos y formas de vida tan diferentes, es, hoy día, uno de los aspectos que los hacen más relevantes. En sucesivas entregas intentaré desentrañar su belleza y sus misterios.
Utilizaré mi bitácora para responder a Luis Miguel González, que en su blog “Gerena libre y abierta”, publicó una entrada hace un par de días sobre la nueva ley del aborto = “Yo soy pro-vida ¿Y qué?“. Lo hago desde aquí, fundamentalmente, por la extensión de la respuesta. Y ya que entro en el tema, haré mención también a que Álvaro dedicó en su blog “De Gerena al mundo” otra entrada a este asunto a finales de la semana pasada, en razón de la manifestación convocada en Madrid por movimientos contra el aborto = “Yo no voy a la manifestación“.
Hola Luismi, en respuesta a tu pregunta, y para empezar, yo te diría que: Y NADA. Me parece magnífico que seas “pro-vida”. Yo también lo soy. Pero a las palabras las carga el diablo, y a las generalizaciones absolutas también, así que soy pro-vida y, al tiempo, estoy de acuerdo con el aborto (sino yo sería ilegal). Bromas aparte, que nunca vienen mal, supongo que esto no me convertirá en un “contra-vida”, compuesto cacofónico que quizás pudiera tener un sinónimo en “asesino”. Así que si me permites que disienta de ti sin llamarme “asesino” podríamos intercambiar nuestras opiniones, porque me parece un tema de la máxima importancia y con amplias repercusiones.
Vaya por delante que, para mí, el debate no es religioso y, por tanto, tampoco científico. Es decir, me da igual si para la Iglesia Católica y para los científicos (mayor o menor número de ellos) el embrión es un ser vivo, un ser en viviendo, o un estado intermedio entre ambas cosas. Tampoco es un debate moral porque esto, necesariamente, individualizaría cada posible respuesta hasta hacer imposible la toma de cualquier decisión. Es un debate de derechos que tiene mucho que ver con causas mundanas y, desgraciadamente, muy terrenales (y corporales).
Si no existiese ninguna “ley del aborto” nadie podría abortar y hacerlo debería estar penalizado. Supongo que hasta aquí los dos estamos de acuerdo. Y nos supongo, así mismo, de acuerdo en que la maternidad debe de ser un acto de la mayor libertad y responsabilidad individual posible, nunca un acto irreflexivo y/u orgiástico. Pues ¿qué pasa entonces con las mujeres que se queden embarazadas sin ese deseo y voluntad firmes de hacerlo y de quererlo?. Y que conste que no pienso sólo en casos extremos, e incluso aberrantes, como las miles de mujeres violadas y embarazadas por sus enemigos en la guerra de los balcanes, en las niñas víctimas de abusos parentales, … ni siquiera pienso en los fallos de los métodos de prevención del embarazo en familias con inexistentes recursos económicos (la semana pasada conocí un ejemplo real en Gerena), … Pienso en las miles de niñas que cada día practican sexo con el único compromiso del placer momentáneo, empujadas por un sistema cultural que las impulsa a sentirse felices sólo si consiguen embrujar al niño de al lado y acostarse con él. Pienso en las mujeres que corren un riesgo grave de supervivencia si el embarazo es mantenido por medios técnicos posibles. O pienso, simplemente, y para no alargar los supuestos, en aquellas mujeres que no tienen el deseo y la voluntad (a pesar de haber quedado embarazadas) de ser madres.
En todos estos casos creo que prima el derecho de la futura madre a decidir. Siempre. Independientemente de cualesquiera otros razonamientos, porque la vida del embrión (si la es) depende absolutamente de la madre que lo porta, esto es, no es vida (si la es) independiente, sino dependiente, subordinada. Y nadie, ni otra persona a título individual, ni la sociedad en su conjunto, puede hacerse cargo de ella. No puede sustituirse a la titular del derecho, en su presencia, por otro potencial titular que no existiría sin la primera. Es el único caso posible en la fenomenología humana y social en la que todos los derechos de una vida (si la es) dependen de otra, y una sola, persona. El único ejemplo en el que una muerte serían dos (si existen dos vidas). Un embrión no es, es … en. Lo veo tan claro que me temo que si este fuese un asunto masculino llevaría siglos liquidado.
Ahora bien, ojalá el aborto fuese sólo el último recurso de los casos más extremos, y aberrantes, que he señalado. Y ojalá la inmensa mayor parte del resto fuesen subsanables con una educación integral e íntegra. Para que así fuese se necesitarían cambiar los códigos culturales que el siglo XX empezó a imponernos. Pero esto ya es otra historia y la sociedad es como es, no como nos gustaría que fuese.
Como es otra historia la posible ayuda del Estado; la manipulación del asunto, empezando por el cartelito de la Conferencia Episcopal con el que ilustras tu entrada; o los conocimientos antropológicos sobre pueblos que limitan la natalidad acudiendo, esta vez sí, al asesinato. Son las diferentes aristas que te decía al inicio. Pero éstas las dejaremos para ocasiones más propicias.
Saludos.
Según parece, la frase, de Marx (Groucho), es algo así: “partiendo desde la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”. En esas altas cimas se mueve el PSOE de Gerena desde hace ya algún tiempo. Dominado por el poder omnímodo de Jacinto Pereira, al final, las formas del partido en la localidad han pasado a ser las formas de su propio “cacique”. Es históricamente inevitable. Ha sucedido así en infinidad de casos y seguirá sucediendo. El proceso es fácil de seguir: empezamos con un “héroe” que nos hace ganar (lo que sea); lo convertimos en un “Dios”; el “Dios” acaba implantando su tiranía absolutista, engreído quizás de mesianismo; comienzan las desdichas y “Dios” cree que toda controversia es espuria; al final, hay que echar a “Dios” a patadas para que el daño no sea irreparable, aunque sí lo sea muy grave. Podría poner cientos de ejemplos de esta espiral, pero me remitiré a dos actuales y conocidos por todos: Lopera y el Betis/Aznar y el PP. Al final los que más problemas acaban teniendo son los que más los han idolatrado (en estos ejemplos los béticos y los populares). En este caso, el PSOE de Gerena acabará sufriendo las consecuencias (sabe Dios por cuánto tiempo) de haber convertido el gobierno del partido en un clan familiar. Y serán ellos, sin duda, los más perjudicados. Por el camino amargarán la vida a muchas otras personas, pero serán ellos los que, a largo plazo, paguen las peores consecuencias.
Y que conste que no lo digo porque me importe en exceso el PSOE de Gerena (ni IU, ni IPGe), lo lamento profundamente por los socialistas que aquí viven y que me merecen un absoluto respeto (como los comunistas o los independientes). Mucho más respeto del que les tiene el propio Jacinto Pereira y su saga. No es el primero con el que hablo y deplora una forma desvergonzada, barriobajera, despótica, camorrista de hacer política. O mejor dicho, en los últimos tiempos, no ya política sino negocios. Hay incluso quien ve por la avenida a alguno muy parecido al “bigotes” con pelo engominado y puro al ristre. No es broma, estoy hablando de socialistas (de familias enteras socialistas) de toda la vida. Pero es lo que tiene ser una estirpe omnipotente: las cosas se deciden en el comedor de casa con la familia. ¡Hay la familia, la casa y los negocios!, cuánto fruto proporciona esta trilogía, cuánto fruto le sacó, desde el punto de vista del arte, por ejemplo, Francis Ford Coppola.
Da toda la impresión de que, desde hace ya algún tiempo, Jacinto STTL no tiene otro objetivo que revolverse como una fiera enjaulada, aunque las dos últimas notas de prensa de su página web deberían hacer pensar hasta al más fervoroso. Y una de las más fervorosas es una tal Cristina (que no conozco de nada, ni siquiera sé si será un pseudónimo) que, candorosa ella, no ve insultos hacia IPGE en el comunicado del PSOE: “hay que tener la cara muy dura para pretender ser los defensores de la legalidad siendo delincuentes juzgados y sentenciados” (dice de IPGe el comunicado). Si no fuese porque creo que la de la cara dura es ella, habría que explicarle a Cristina que si hay alguien que pertenezca a IPGe juzgado y sentenciado serán 1, 2 ó 55 personas, personas físicas con nombre y D.N.I., pero nunca la organización. Y confundir 1, 2 ó 55 personas de un partido, el que sea, con toda la organización, más los simpatizantes, más los votantes, no es insultar es muchísimo peor que insultar: son tácticas fascistas, utilizadas por los que no creen en la libertad, ni en la democracia, ni en el estado de derecho. Tanto como si yo te llamara a ti (si eres del PSOE) terrorista porque Rafael Vera está juzgado y condenado o choriza porque Luis Roldán también lo está (qué poca memoria tenemos para lo que nos interesa, o qué memoria más sospechosamente selectiva). La otra parte de su argumento: “me comporto como una fascista porque los otros también insultan”, mejor que se la explique ella solita.
Pero lo que ya roza la locura es el anuncio de querellarse contra la Plataforma Ciudadana por la Información y Participación Pública (PCIPP) por una entrada publicada en su blog. Todos los que sigan la blogosfera gerenense saben que mi relación con la PCIPP no es, precisamente, de amor. He sido muy crítico con ellos (sobre todo con uno de los componentes de esa plataforma) y no comparto en absoluto su visión de las cosas y de la realidad. Pero, “voto a Dios que me espanta esta grandeza”, ver a todo un PSOE, con sus servicios jurídicos incluidos, amenazando con denunciarlos no me produce más que el deseo infinito de apoyarlos y transmitirles mi completa solidaridad. En mi humilde opinión deberían haber contrastado la información (ésta y otras que les han colado). Pero creyendo que se han equivocado (una vez más) y no coincidiendo con ellos más que muy esporádicamente, me parece que realizan una magnífica labor y un trabajo necesario para el conjunto de la comunidad. Y es que, además, la razón de la amenaza es surrealista. Jacinto STTL confirma que el documento existe y que está firmado por él. Así que amenaza con denunciar ¡¡porque está falsificada la firma del empresario!!. ¿?. Alucinante. ¿No debería ser, en todo caso, el empresario el que se preocupase por ello?. Supongamos que, en efecto, el empresario no lo hubiese firmado. ¿Y qué?. ¿En qué cambia eso el contenido y el objeto del documento?.
En fin, animo a todos los lectores a mostrar públicamente, con sus nombres y apellidos, apoyo a la PCIPP, porque cuando un derecho o una libertad pretenden ser atacados todos los demócratas deberíamos manifestarnos y defenderlos. Independientemente de otras consideraciones secundarias.




